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sábado, 20 de febrero de 2010

Alumbramiento Cósmico: Jörg Weigand


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Alumbramiento Cósmico

Jörg Weigand

Jörg Weigand, nacido el 12 de diciembre de 1940 en Kelheim del Danubio. Estudió lenguas del Leja­no Oriente y Ciencias Políticas en Erlangen, París y Würzburg. En 1969 se doctoró en filosofía con una tesis sobre un texto de la antigua China. Desde 1971 trabaja como periodista, principalmente para tele­visión, a la vez que colabora en diarios y revistas con relatos literarios y folletinescos. Heyne-Verlag, de Munich, publicará una antología de obras de ciencia-ficción francesas preparada por él. La narración Kösmische Geburt («Alumbramiento cósmico») fue publicado por primera vez en 1967.


El ser estaba inquieto. El acostumbrado ciclo se había interrumpido. Una nueva vida debía desper­tar. Una vida sin cuerpo. Vida energética. Sólo dos veces, durante la existencia del energetón, era posi­ble el proceso del nacimiento. Condición indispensa­ble para ello era que hubiera suficiente energía, tan­to en forma de calor como de radiación.

Ya el tiempo de preparación para el extraordina­rio acontecimiento requería una fuerza incremen­tada a lo largo de siglos, aunque eso, para el ener­getón, fuera únicamente un período breve, sin im­portancia. Para conseguir la cantidad de energía ne­cesaria, el ser se veía forzado a extraer más poten­cia del doble astro, del mismo modo que, sistemá­ticamente, le había sacado «alimento» a través de los milenios.

Cuando el doble sol se oscureció por tercera vez en este período, el planeta sufrió algo semejante a un estremecimiento. Ni siquiera los más ancianos habitantes del planeta Vanda, del sistema binario de Berthes, recordaban un fenómeno parecido.

Tales eclipses aparecían generalmente una vez durante cada período e iban acompañados de tre­mendas tormentas y tempestades de arena, que todo lo arrasaban. Si un ser viviente no lograba refugiar­se a tiempo en lugar seguro cuando sobrevenía el temporal, su muerte era segura.

La desaparición de la humedad del aire, que coin­cidía con impresionantes descargas eléctricas en la atmósfera, no daba posibilidad de supervivencia al hombre indefenso.

Sobre todo al principio, durante el primer pe­ríodo de colonización, los inmigrantes habían su­frido espantosas pérdidas. En la primera tormenta sucumbió una tercera parte de los desprevenidos pobladores.

Desde entonces, al cabo de casi dos siglos de la colonización de Vanda, sus habitantes estaban ya preparados para enfrentarse con tales fenómenos. Sólidas casas de roca ofrecían enérgica resistencia a las tempestades, y altos mástiles de acero, colo­cados en el centro de la doble población, desviaban hacia el suelo la peligrosa electricidad de la atmós­fera. Grandes depósitos de agua proporcionaban a los edificios la seguridad que el aire conservaría el grado de humedad necesario.

En el transcurso de las tres últimas generacio­nes se había producido dos veces la repetición del eclipse del doble astro dentro de un mismo período. Apenas repuesto el planeta de las consecuencias del pri­mer oscurecimiento, se había visto azotado de nuevo por las tormentas anunciadoras del segundo. Las devastaciones fueron terribles, y también hubo que lamentar desgracias personales.

El nuevo energetón iniciaba su existencia. Ansio­so absorbía ya las energías, para que el nacimiento fuera más fácil. En ese instante debía separarse de su madre en una difícil y agotadora operación.

En consecuencia, el energetón madre recurrió por tercera vez en un solo período al doble sol, con objeto de tener preparado suficiente alimento para el descendiente.

Cuando en el horizonte comenzaron a dibujarse las primeras señales, Pierre se hallaba trabajando en los campos de mengo. Este sustituto de la pa­tata terrestre era uno de los principales productos alimenticios del planeta. Pierre hundió con brío su pala en el fangoso suelo, sin observar que Lyra co­rría a su encuentro.

Desde lejos ella gritó sin alientos.

—¡Date prisa, Pierre! Tenemos que avisar a los demás y ayudarles...

—¿Cómo? ¿Y por qué?

—¡Vuelven a empezar las descargas azules!

—Pero eso significaría que...

—¡... Sí, que viene un tercer eclipse! —la mucha­cha terminó la frase.

—¡Corramos al pueblo, y hagamos lo que poda­mos!

Los dos jóvenes se tomaron de la mano y salieron a escape hacia la cercana aldea. Allí reinaba una ac­tividad angustiosa. La gente actuaba presa del pá­nico.

Había que acondicionar al ganado, preparar las provisiones y llenar los depósitos de agua hasta los bordes.

Cuando Lyra llegó a la granja de sus padres, se­guida del jadeante Pierre, chocó contra los brazos de su madre. Aquella mujer, normalmente tan sere­na y enérgica, estaba a punto de perder el control de sus nervios. La tormenta que se aproximaba iba a frustrar todas las esperanzas de una buena cose­cha.

Lyra intentó consolarla.

—¡Ánimo, madre, que el mundo no se hundirá por eso! Con las provisiones que tenemos, de sobra resistiremos también el año próximo, aunque la tem­pestad arrasara todos los campos.

—Sí, pero...

La pobre mujer rompió en sollozos y tardó en poder agregar:

—Busquen a George... Seguro que está otra vez con sus aparatos, en vez de ayudarnos...

Al oír que llamaban a la puerta, George movió la cabeza malhumorado. ¡Precisamente ahora tenía que venir alguien a molestarle! ¿Es que no podían de­jarle en paz? ¿No se habían reído todavía bastante de él y de su afición? Le llamaban el «escucha-estrellas», sólo porque se había construido un pequeño radiotelescopio —conectado a un aparato emisor y receptor— con el cual se dedicaba a buscar desco­nocidas fuentes de radio en el ámbito de la gala­xia.

Claro que, hasta el momento, no había consegui­do grandes éxitos. Pero él no era hombre que ca­pitulara tan pronto ante un problema. ¡Que la gente se burlara de él cuanto quisiera! ¿Qué le importaba, al fin y al cabo, la falta de comprensión de los de­más?

George se concentró nuevamente en su aparato. Hoy parecía tener suerte. Llevaba un rato percibien­do un extraño gemido entrecortado que, de vez en cuando, se veía dominado por un sonido sordo y constante. El joven no se explicaba tal fenómeno.

En aquel instante trataba de ajustar exactamente la fuente con ayuda de la antena del tejado. Lo ha­bía intentado ya varias veces, pero la radiación se le escapaba una y otra vez. Por consiguiente, se mo­lestó mucho cuando la llamada a la puerta se repi­tió.

—¡Adelante, maldición!

La cabeza ensortijada de Lyra asomó por el res­quicio de la puerta. La muchacha hizo una mueca.

—¡Aquí está nuestro sabio incomprendido! —ex­clamó—. ¿Qué, ya estás escuchando la inmortal mú­sica de las esferas celestiales?

—¡Déjame tranquilo! ¿Qué quieres ahora? No ten­go tiempo...

—Calma, George —intervino Pierre, apartando a Lyra al mismo tiempo que se acercaba al receptor—. Oye, ¿qué significa ese piar en el aparato?

—¡Eso no tiene importancia ahora! —protestó Lyra—. George, debes saber que nos espera un ter­cer eclipse. Tienes que ayudarnos a prepararlo todo.

—¡Imposible! Sería la primera vez que eso ocu­rre.

—Pues llegó esa primera vez —señaló Pierre con cierto aire de condescendencia—. Pero no me dijiste aún qué son esos ruidos tan raros que hace tu recep­tor.

Inmediatamente, los dos jóvenes se enfrascaron en una viva discusión. Tras repetidos intentos de interrumpir su conversación, Lyra comprendió que nada conseguiría, por lo que abandonó la estancia sin hacer ruido y se reunió con su madre para aca­bar con ésta los preparativos.

Pronto llegó el momento. El nuevo ser comenzó a moverse. Como una esponja iba chupando las ener­gías extraídas del doble sol. El energetón madre se veía obligado a proporcionarle cantidades cada vez mayores.

Poco a poco se inició la separación del cuerpo original. El ser materno cayó en unas ligeras con­vulsiones para facilitar el proceso. De una densidad electromagnética increíblemente escasa por natura­leza, estas convulsiones produjeron una retracción. El energetón se espesó. Si antes era invisible a causa de la delicada distribución —incluso había sido inútil la radiación procedente del doble sol—, la nueva conglomeración produjo una suave lumino­sidad azul y fosforescente.

En su acalorada discusión, los dos muchachos no se dieron cuenta, de momento, que la fuente de radio había vuelto a desaparecer. Fue la súbita fal­ta de señales lo que les hizo reaccionar.

—No lo entiendo en absoluto —dijo George con el ceño fruncido—. No puede existir una fuente que varíe de lugar con tanta rapidez.

—Quizá se trate de una nave espacial.

—No, Pierre. Eso no es posible, pero...

Pensativo, George tomó las anotaciones que te­nía sobre su mesa de trabajo y, después de reflexio­nar con esfuerzo durante un par de minutos, corrió a la ventana.

—¡Perthes! —gritó—. ¡Esa tiene que ser la solución! Sal conmigo. Creo que lo descubrí.

Lleno de curiosidad, Pierre siguió a su amigo al exterior. Una vez fuera, George contempló caviloso el doble sol. Una súbita ráfaga de viento había des­garrado el velo de polvo, de modo que los dos as­tros quedaban perfectamente visibles.

Pierre apoyó una mano en el hombro del compa­ñero.

—No creerás que... —comenzó a decir.

—Pues es la única posibilidad. Y dime, Pierre: ¿no observas nada especial?

Pero Pierre no descubrió nada raro, por mucho que se esforzara, y sacudió la cabeza.

—¡Mira bien los dos soles!

Fue entonces cuando Pierre notó que el doble as­tro aparecía rodeado de un halo de un azul fosfo­rescente, fenómeno que no acertaba a explicarse. Nunca había visto nada semejante.

Por eso prestó escasa atención a lo que al res­pecto decía el amigo hasta que, de pronto, una de sus frases le arrancó de su estupor.

—¡No irás a afirmar que se trata de un ser vi­viente! ¿Ese resplandor azulado...? ¡Pero eso es ab­surdo!

—¿Ves como nunca escuchas? Acabo de expo­nerte por qué ese gemido o ese modo de piar, como prefieras llamarlo, tiene que ser la expresión de una forma u otra de vida. A mí me recuerda algo así como..., como los ladridos de un perro...

Por fin le comprendió Pierre.

—¡Los de una perra, querrás decir!

Ahora fue George el asombrado.

—¿Cómo...? ¿Qué...?

—Supongamos que una perra va a tener cacho­rros. ¿Qué hace entonces?

—Pues..., muchas cosas. Gemir quedamente, por ejemplo —respondió George.

—¿Te das cuenta? En consecuencia, si tu teoría es cierta, pudiera tratarse aquí de un alumbramien­to. Y para tal operación hace falta una cosa: ¡ener­gía! La energía que pueden suministrar en cantidad suficiente nuestros dos soles...

—Son gemidos, en efecto —comprobó George muy pensativo—. Y en ese caso..., ¡lo tengo, lo ten­go...! —gritó el muchacho, volviendo a la casa a todo correr.

Impulsado por el deseo de terminar cuanto antes el proceso de separación, el energetón madre recu­rría cada vez con mayor frecuencia al abastecedor de energía. Era una feliz casualidad que la podero­sa fuente se hallara tan cerca. Por regla general, el parto se producía mucho más despacio y solía aca­bar en un total agotamiento del cuerpo materno.

Las convulsiones adquirieron mayor intensidad y el calor azul se puso más denso. Pronto tendría efecto el nacimiento.

Pierre había seguido lentamente a George a la casa. El primero estaba manejando ya el ajuste de frecuencia del aparato, pero no el de recepción, sino el de emisión.

—¿Qué significa eso? ¿Acaso vas a emitir?

—Sí, claro.

—No lo entiendo.

—Fuiste tú, precisamente, quien me dio la idea. ¿Qué hace un perro pequeño cuando tiene miedo y se siente amenazado?

—Gimotea y aúlla.

—¿Cómo?

—Pues..., con voz aguda. Yo... Ahora ya sé lo que quieres hacer, pero..., ¿crees que tendremos éxito?

—Hay que intentarlo. Cuando el cachorro llora, la madre procura ayudarle. Aquí no se trata de ver­daderos aullidos, sino de algo que se manifiesta co­mo señales de radio. Si ahora, yo emito en ultraso­nido, y lo hago de manera entrecortada, entonces...

—...Entonces pudiera suceder que ese algo de allí arriba lo tomara por una expresión de angus­tia y comprendiese, quizá, que la excesiva extracción de energía de nuestros soles amenaza otras vidas.

—Exactamente.

Y George empezó a emitir.

La población de Vanda estaba al borde de la de­sesperación. Ráfagas cada vez más furiosas reven­taban el suelo de los campos de cultivo, y las cui­dadas plantaciones de frutales existían ya sólo en el recuerdo de los que fueran sus propietarios.

Las descargas eléctricas alcanzaron un nuevo punto culminante. Tremendos rayos hicieron tamba­learse los mástiles de acero, que se veían envueltos en un loco fuego de San Telmo. La gente permanecía apretujada en sus viviendas, en espera de lo peor.

De repente, la oscura capa que cubría el cielo se abrió. La tempestad de arena iba cediendo. Tampoco se repitieron las descargas eléctricas.

¿Un milagro? El doble astro brillaba con su anti­gua fuerza. Los habitantes de Vanda se lanzaron al exterior con un inmenso alivio.

¿Un milagro?

Aunque todo el mundo creyera en un hecho mara­villoso, George y Pierre estaban convencidos de lo contrario. Para ellos no existía duda que habían sido testigos de un entendimiento entre el hombre y la vida cósmica.

Claro que George hubiera dado cualquier cosa por saber qué había entendido aquel ser de su men­saje, y qué había sido de su cuerpo...


miércoles, 17 de febrero de 2010

El Devorador de Calcio

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El Devorador de Calcio

Herbert W. Franke


Herbert W. Franke, nacido en Viena en 1927. Des­pués de la guerra estudió ciencias naturales, psico­logía y filosofía, doctorándose con un tema sobre la física teórica. Desde 1957 reside como autor libre en las proximidades de Munich. Aparte de sus nume­rosas publicaciones de divulgación científica sobre problemas naturalistas y de la estética en el arte, se le considera uno de los mejores autores de ciencia ficción de la actualidad. Entre otras obras ha publi­cado las novelas Das Gedankennetz («Red de Pensa­mientos») en 1961; Der Orchideenkäfig («La Jaula de las Orquídeas») en 1961; y Zone Null («Zona Cero») en 1970. Desde comienzos de 1974, Franke publica en unión de W. Jeschke la serie de bolsillo Heyne-Science Fiction. La narración Calciumfresser («El Devorador de Calcio») pertenece a la obra Das Grüne Komet («El Cometa Verde») publicada en 1964.


Propiamente lo tendría que haber notado antes. Porque hasta donde alcanza mi memoria, siempre sentí el afán de ayudar a los demás. Pero no me di cuenta hasta la semana pasada. Y mis colegas lo ignoran todavía...

Yo mismo lo descubrí al verme en una situación extraordinaria. Regresábamos de Psi 16 y habíamos hecho ya, sin novedad, dos terceras partes del viaje. Nadie pensaba en nada malo. ¿Qué es una de las cosas peores que le pueden ocurrir a un astronauta? Sin duda, un fallo en la renovación de aire.

¡Y justamente a nosotros tuvo que sucedernos!

No había posibilidad de reparación, además. El catalizador de calcio pulverizado desaparecía. De hora en hora iba empequeñeciéndose ante nuestros ojos, sin que halláramos una explicación para ello. Sin calcio no es posible la reducción del dióxido de carbono, y a bordo no llevábamos repuesto. ¿Quién iba a contar con tan absurda avería?

Nuestra provisión de oxígeno duraría, como mu­cho, tres días.

Willy no se apartaba del termodetector, pero la probabilidad de hallar un sistema planetario era prácticamente nula, y mucho menos uno con aire respirable.

Todos lo sabíamos. El capitán no nos ocultaba nada. Para eso había demasiada confianza entre no­sotros. Y debo decir que la conducta de la tripu­lación fue ejemplar. Cada cual volvió a su sitio en silencio.

De pronto resonó en toda la nave el grito de Willy. Quien en aquel instante pudo permitírselo, corrió a la cámara de rumbo.

—¡Tenemos algo delante! —exclamó—. ¡Y muy cerca!

En efecto, la pantalla mostraba un pequeño dis­co pálido que oscilaba entre los astros inmóviles. Todos respiramos con alivio, pero el capitán mo­deró en seguida nuestras esperanzas.

—¿Qué ayuda nos va a llegar de ese cuerpecito celeste? —dijo—. Calculo que no medirá más de un kilómetro cúbico. Debe ser un fragmento de roca desierta.

Nos aproximábamos a gran velocidad. Pronto dis­tinguimos incluso la superficie.

—¡Qué cosa más rara! —comentó Jack—. ¡Ni si­quiera tiene forma quebrada!

Su observación era acertada, porque tales cuer­pos errantes suelen presentar una superficie muy escabrosa y desigual, y aquél era distinto. Tampoco era esférico ni elipsoidal, ya que esas formas apa­recen cuando una masa metálica ha llegado a fun­dirse.

—¡Ahí veo una señal! —chilló entonces el grueso Smoky, cuya protuberante barriga temblequeó de excitación.

Era cierto. Tres flechas blancas señalaban hacia un punto central. Willy corrigió el rumbo. Todos seguimos la maniobra con la máxima atención.

—¡Chicos! —exclamó el capitán—. ¡Es una nave espacial! Un verdadero monstruo de nave...

Efectivamente todos vimos las escotillas y la ba­randa de una rampa de entrada. ¿Qué puedo decir? Nos detuvimos, ayudamos a Willy a ponerse el traje espacial y, una vez fuera, observamos cómo mane­jaba la escotilla, que no tardó en abrirse para dar paso a nuestro compañero. Apenas tuvimos que po­ner a prueba la paciencia, pues Willy reapareció casi en seguida y sólo nos envió una palabra a tra­vés de la emisora:

—¡Aire!

Pasamos a la otra nave y quedamos boquiabier­tos. Aquello sobrepasaba todas nuestras imaginacio­nes. No sólo era el aire respirable lo sorprendente, sino que nos hallábamos rodeados de un lujo que ja­más pudimos soñar. El conjunto estaba dividido en incontables habitaciones de diversas dimensiones, pero todas ellas decoradas como las de una fastuosa residencia de Hollywood. Había allí cómodas tum­bonas, mullidas alfombras y armarios empotrados. Llamó nuestra atención, sin embargo, el hecho que los peces de los acuarios estaban muertos y las plantas aparecían extrañamente mustias y ama­rillentas. Todo lo demás tenía un aspecto impecable, ordenado y limpio, aunque no encontramos a ningún ocupante.

Yo observé que el capitán no estaba tan conten­to como hubiera sido lógico después de la suerte que habíamos tenido.

—Permanezcamos juntos —ordenó—. De momen­to nos instalaremos en algunos cuartos cercanos a la entrada, y que nadie se separe de los demás sin autorización.

Fuimos en busca de parte de nuestras provisio­nes y nos acomodamos lo mejor posible. Al día siguiente el capitán comenzó sus exploraciones, siempre en compañía de dos hombres que se turnaban, de modo que todos tuvimos ocasión de ir con él.

Al principio ocurrió poca cosa. No hacíamos más que descubrir nuevas estancias que no se distinguían en nada de las anteriores. Exceptuando la ausencia de seres vivos, todo parecía en orden. Cierto es que algunos detalles llamaron nuestra atención, pero no les dimos gran importancia: algunos recipientes se habían convertido en polvo, aunque podía distin­guirse su forma primitiva. En varios espejos, la lá­mina de cristal estaba transformada en una masa opaca y resquebrajada, y raro era el cuadro que no presentaba partes descoloridas. En conjunto, un ex­traño mosaico de impresiones.

Ya al segundo día encontró el capitán la cabina de mandos y la cámara de rumbo. El sistema era fácil de descifrar. Los constructores de la nave de­bían ser semejantes a los humanos, si bien proba­blemente más adelantados. Conny comprobó que quedaba suficiente combustible, y Willy calculó y fijó el rumbo.

En mi primera ronda recorrí con el capitán y Smoky la parte más alejada, es decir, los aposentos situados al otro lado de nuestra entrada. Acabába­mos de pisar una especie de balcón en el que había varias hileras de cactos secos, cuando el capitán se detuvo en seco. El gesto de su mano hizo que tam­bién nosotros nos detuviésemos...

—¿Lo han notado? —preguntó.

—¿Se refiere a..., a una sensación como si algo nos succionara? —repuso Smoky.

—Exactamente —dijo el jefe, y ambos me mira­ron esperando con ansia mi opinión,

—Yo no he sentido nada —tuve que confesar.

—Pues a mí me recorrió todo el cuerpo —ex­plicó el capitán—. Lo describiría como una impre­sión de ser absorbido. Y lo raro es que ni siquiera resultaba desagradable.

No obstante, la experiencia debía haber sido peor de lo que mis dos compañeros quisieron reconocer, porque el capitán ordenó la retirada.

Estábamos ya cerca de nuestras habitaciones cuando ocurrió un percance: Smoky se rompió una pierna. Fractura lisa de la arcada maleolar. Tuvimos que improvisar una camilla y transportarle a su cuarto.

Ni él mismo sabía cómo le había sucedido. Admi­tía la posibilidad de haber tropezado. Pero no era así. Yo, que iba detrás de él, había visto que, sin más, la pierna había cedido bajo el peso de su cuer­po, doblándose. Hay que decir que Smoky, con sus noventa kilos a cuestas, no era precisamente un peso gallo, pero eso no era motivo para que los huesos se le rompieran de repente.

Y no fue ése el único problema. Algunos miem­bros del equipo empezaron a quejarse de cansancio, falta de apetito y dolores musculares. El médico sa­cudió la cabeza. No se explicaba aquellos síntomas. Se produjo un nerviosismo general, los hombres se chillaban unos a otros, y justamente Jack, a quien normalmente nada hacía perder la calma, acabó de estropearlo todo. El capitán riñó al cocinero porque la comida no le gustaba, y lo hizo con una violencia que tampoco venía al caso, y el bueno de Jack quiso salvar la situación.

Con forzada animación exclamó:

—¡Más vale mala comida que falta de aire!

Y dio al jefe un amistoso golpecillo. Yo estaba presente, y puedo asegurar que sólo fue un ligero puñete. Sin embargo, el capitán se encogió con ges­to dolorido. Primero creímos que se trataba de una broma, pero pronto comprendimos que la cosa iba en serio. Llamamos al médico, y éste comprobó que el jefe tenía tres costillas fracturadas.

Privado en adelante de dirigir la expedición, fácil es imaginar el mal humor con que cedió su puesto a Willy.

En su segunda ronda, éste descubrió unas cintas perforadas, el primer indicio de una especie de es­critura. El capitán, que no podía moverse, se dedicó a estudiar los signos, cosa que logró con bastante rapidez, y por fin nos enteramos del significado de la sorprendente nave.

—Aún no lo entiendo todo, pero algunos puntos quedan aclarados —dijo—. El aparato en que nos encontramos pertenece a una gran flota que parti­cipaba en una operación de emigración. Viajaba en él casi un millón de seres. Durante el desplazamien­to enfermaron todos, por lo que fueron trasladados a otras naves. No acabo de descifrar la causa, aun­que aquí dice algo... La traducción literal sería «calciófago» o «calciófagos».

Todos debimos poner cara de desconcierto. El médico, sin embargo, se levantó de un salto, tomó su instrumental y corrió a visitar a Spike, sin duda el que estaba en peores condiciones. Yacía éste en una habitación individual destinada a enfermería. El doctor le extrajo sangre y desapareció con ella en su improvisado laboratorio. Al cabo de un rato salió con un tubo de ensayo en la mano, que nos mostró excitado.

—¡Aquí tienen la respuesta! —declaró.

En la probeta danzaba un sedimento blanco y grumoso que a nosotros, desde luego, nada nos de­cía.

—¡Falta de calcio! —jadeó el médico—. El nivel de calcio se halla muy por debajo de lo normal. Ahora comprendo por qué se nos rompen los hue­sos y se nos mueven los dientes.

—¿Calcio? —repitió el capitán, pensativo—. Pre­cisamente, nuestro catalizador se componía de cal­cio...

—¡Bah! —replicó el doctor—. Eso tiene que ser casualidad. En adelante confeccionaré yo el menú, para que la comida contenga suficiente calcio. Ade­más, todos tomaremos pastillas...

—Pero, ¿qué son calciófagos? —quise saber yo.

—Tal vez unas bacterias —indicó el facultativo—. Ahora mismo haré un frotis y me sentaré ante el microscopio.

Teníamos, entonces, una pista a seguir, aunque no puedo afirmar que nos sintiéramos muy seguros en nuestra piel.

Al día siguiente, una de las patrullas no regresó. De momento no nos preocupamos, ya que era fácil extraviarse y sufrir retraso en tan gigantesca nave. Pero cuando fueron pasando las horas sin que vol­viesen los compañeros, el capitán nos envió a Cyril y a mí en su busca.

Sabíamos, más o menos, qué parte del vehículo habían proyectado explorar, y hacia allí nos encami­namos sin vacilación. Hasta entonces, cada salida había constituido una diversión: algo semejante a un paseo por un hermoso paisaje. Ahora, en cambio, los maravillosos aposentos nos resultaban inquietan­tes. Imperaba en ellos un silencio aterrador. Cada vez que abría una puerta, necesitaba sobreponer­me... No podía evitar la sensación de algo que nos acechaba al otro lado.

Habíamos avanzado ya bastante, cuando Cyril empezó a quejarse de un extraño dolor en todos los miembros. Yo no sentía nada, pero estaba dispuesto a proponer a mi compañero el regreso, dado que éste se encontraba cada vez peor, cuando les hallamos...

A pocos pasos de nosotros yacía Fatty, que se movió débilmente al oírnos. Algo más allá descubri­mos los cuerpos de los otros muchachos, tendidos en el suelo como si una extraña fuerza les hubiera derribado, y al arrodillarnos junto a Fatty observa­mos que tenía el rostro deformado y fofo. Sus bra­zos pendían faltos de vida. Con los ojos entornados, nuestro amigo trató de formar unas palabras.

—Un... ser, un... un animal... que...

Y se hundió como si la última energía hubiese abandonado su cuerpo.

Cyril y yo nos miramos horrorizados. De pronto percibí un ruido en la habitación contigua. Saqué la pistola y abrí la puerta de golpe... Delante de mí se extendía una sala alargada, una especie de invernadero lleno de plantas completamente secas. Al fondo de todo, sin embargo, se arrastraba y ser­penteaba algo. Algo que sólo vi en parte, ya que el resto desapareció en un rincón: una maraña de pa­tas o tentáculos de color gris plateado, que se re­torcían incesantemente y se movían de un lado a otro en un intento de búsqueda.

Un grito de Cyril me hizo retroceder. Le hallé apoyado en la pared, lívido. Poco le faltaba para desmayarse.

—Estoy cada vez peor —musitó—. ¡Sácame de aquí...!

Apenas podía andar, de modo que tuve que sos­tenerle durante casi todo el camino.

Cuando logramos reunimos con los demás, nos aguardaba otra noticia terrible: el médico había comprobado que buena parte de las provisiones es­taba descompuesta. Lo estropeado era justamente lo más rico en calcio.

Un grupo de voluntarios fue a recoger a los com­pañeros accidentados y, si bien no tropezaron con el repugnante animal, a su regreso se sentían totalmente agotados. Los hombres que acababan de res­catar permanecían sumidos en un extraño sopor.

El capitán convocó a una reunión, pero su resul­tado fue desconsolador. Llegamos a la conclusión que el animal que yo había visto se alimentaba de calcio y tenía, además, la facultad de absorber esa sustancia de todo cuanto le rodeaba. Estudiamos la posibilidad de tomar algunas medidas extremas: unos propusieron volar aquella parte de la nave en que se hallaba el monstruo; otros querían colocar complicadas trampas...

Yo sólo prestaba atención a medias. Vi la pali­dez de mis camaradas, hundidos con evidente deja­dez en los cómodos sillones, contemplé el pecho vendado del capitán y la figura inerte de Spike. Di­versos pensamientos cruzaron mi mente. Yo seguía encontrándome bien como siempre, sin sentir las molestias propias de la pérdida de calcio. Nadie más que yo había visto el horrible animal y, sin embar­go, no sufría consecuencia alguna. Todas mis deduc­ciones conducían, pues, a un punto...

Si mis sospechas eran ciertas, la pena sería muy profunda. Pero esa circunstancia podía significar la salvación de nuestro grupo.

Me retiré con disimulo, desaparecí tras una re­jilla cubierta de enredadera y salí de la estancia sin ser visto.

Necesitaba tener la certeza... En el laboratorio del médico encontré lo que buscaba. Una aguja intracardíaca. Desabroché mi camisa y me clavé la aguja debajo del esternón, introduciéndola poco a poco en diagonal, hacia arriba. Sabía exactamente el punto que debía tocar. Me costó un terrible es­fuerzo. Mi corazón latía con violencia, y el sudor resbalaba por mi frente. Reaccionaba como un hom­bre normal...

Y entonces tuve la certeza. La aguja chocó —a unos cinco centímetros de profundidad— contra algo duro, impenetrable, metálico.

No vacilé ni un instante más. Mi vida no tenía importancia alguna. Tomé una pistola ametralladora del depósito y corrí hacia las profundidades de la nave. Nunca me había resultado tan insoportable el olor de las plantas muertas, ni tan sobrecogedora la falta de vida en aquellos lujosos aposentos. Pero tampoco había estado nunca tan seguro de lo que debía hacer.

Largo rato busqué en la zona más profunda del vehículo. ¿Dónde estaría ese maldito calciófago? No veía más que preciosas salas en las que reinaba la muerte... Plantas secas, acuarios con peces putrefac­tos, sofás, mesas de juego, columpios de jardín, sur­tidores, esculturas, brillantes bolas que eran fuentes de luz y adorno a la vez...

De pronto observé algún desorden. Sillas corri­das de sitio, floreros volcados... ¿Y no había oído un ruido...?

Me detuve a escuchar. Algo se arrastraba. Levan­té la pistola de impulsión y avancé. Con toda cau­tela. Allí estaba el monstruo. Un gigantesco ovillo plateado, todo él cubierto por centenares de patas o antenas que en un punto se ladearon para que me enfocara una especie de espejo parabólico. Yo, sin embargo, no experimenté nada. Y es que, a mí, nadie puede quitarme el calcio. Oprimí el gatillo del arma, pero no se produjo la impulsión. Lo intenté otra vez y nada...

Entonces comprendí que la pistola funcionaba mediante un cátodo de germanio y sulfuro de cal­cio, por lo que ya no servía para nada.

Una ira horrible se apoderó de mí. De cualquier forma, mi plan no podía fallar. Arrojé al suelo la pistola, agarré una silla, corrí hacia el animal y me lancé sobre él, golpeándole tremendamente con la silla.

Apenas encontré resistencia y casi me vi envuelto en el repelente monstruo. Una masa porosa se des­parramó, pulverizada, por el suelo. Los tentáculos y las antenas vibraron, pero yo pasé la mano brus­camente por encima y todos aquellos apéndices ca­yeron quebrados. El cuerpo del animal, que apareció desnudo al ir perdiendo sus serpenteantes miembros, se hinchó y revolcó furioso. Pero unos cuan­tos golpes más le dejaron sin vida. Todo había sido muy fácil y, no obstante, yo me sentía agotado. La tensión nerviosa y la excitación fueron demasiado grandes.

Necesité cuatro horas para volver junto a mis compañeros. El capitán me recibió indignado, pero calló cuando le anuncié que el animal estaba muer­to, y todos corrieron a ver su cuerpo destrozado.

Sólo a su regreso me di cuenta de la dicha que su salvación significaba para mí. Había logrado con­servar la vida de Spike, el físico silencioso y siem­pre dispuesto a ayudar; del regordete Smoky; de Willy, siempre ansioso de adquirir nuevos conoci­mientos, y de todos los demás, del formidable equi­po de eficientes astronautas al que tengo el orgu­llo de pertenecer; de Jack, que acababa de descu­brir capullos llenos de protóxido de calcio, en sufi­ciente cantidad para cargar de nuevo nuestro cata­lizador; del doctor, que apareció con restos del ani­mal en unos frasquitos, y no en último lugar la del capitán, que se acercó a mí y dijo:

—¡Maldita sea...! Nunca me supo tan mal tener que castigar a un hombre. Pero debes reconocer que no puedo actuar de otra manera. Quedas arres­tado durante tres días. Te alejaste de nosotros sin permiso.

El castigo poco me importa. Lo fundamental es que no se enteren de la realidad. Porque les quiero a todos, y deseo que ellos también sientan afecto hacia mí. Y eso..., no sé si sería posible, si se ente­raran que llevo una célula positrónica en la fosa epigástrica... Y que soy un robot.





domingo, 14 de febrero de 2010

Leigh Brackett - La épica en la ciencia ficción

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Leigh Brackett - La épica en la ciencia ficción

Carlos Sáiz Cidoncha

Edición original en Fan de Fantasía 2, 1980. Extraído de Ad Astra 10.

Nació Leigh Douglas Brackett en diciembre de 1915 en California, dentro de unos Estados Unidos entonces prósperos y despreocupados, frente a una Europa devastada por la guerra. De sus primeros años nos habla ella misma en estos términos:

Tuve la suerte de crecer en una playa desierta de California del Sur (ensayad a encontrar una en la actualidad), con el sol, el viento y el mar. Tenía, sin embargo, compañeros de juego, con los que corría, nadaba y pescaba. Pero cuando quería estar sola, iba hasta el final de una escollera y estaba allí, con los pies hundidos en el Océano Pacífico. Podía permanecer allí horas enteras, contemplando el horizonte y soñando. Creo que estos momentos fueron los más importantes de mi infancia.

Esta afortunada chiquilla entró, y muy tempranamente, en el campo de la ciencia ficción de la mano de Edgar Rice Burroughs. A los ocho años le fueron ofrecidas las páginas de The gods of Mars (Los dioses de Marte), pertenecientes al ciclo de John Carter en el planeta rojo. Desde entonces, el camino de Leigh Brackett hacia la ciencia ficción quedó trazado. La sangre escocesa que corría por sus venas la llevó a preferir la entonces no muy en boga tendencia de la space-opera heroica, próxima a los ciclos míticos celtas de Ulster y Mabinogion, tal como ella misma explica.

Infatigable lectora del género, era inevitable que más tarde o más temprano comenzara a escribir ella misma, primeramente en trozos de papel desechado, y luego más ambiciosamente, ya con vista a procurar la edición de sus obras.

Debutó en el género Leigh Brackett con el relato corto Martian quest, referido al mismo planeta que había despertado primeramente su fantasía, y publicado en "Astounding" en 1940. No se durmió la autora sobre aquellos primeros laureles, y en el invierno de aquel mismo año publicó igualmente otro relato titulado The stellar legion, escenificado ahora en Venus, y visiblemente influenciado por la obra de Jack Williamson The legion of space, que había aparecido en "Astounding" unos años antes. El relato legionario de Brackett fue publicado en "Planet Stories", magazine caracterizado, según Sadouil, por el entonces fuerte (y hoy sin duda ingenuo) erotismo de las figuras femeninas en sus portadas e ilustraciones. No tardaría la firma de Leigh Brackett en hacerse habitual en las páginas de este magazine.

Formaba entonces la autora parte de aquel primitivo y alegre fandom de los Estados Unidos, lectores y autores primerizos con ilusiones de comerse el mundo. En 1946 Leigh Brackett aceptó la colaboración del joven Ray Bradbury, también asiduo en las páginas de "Planet Stories", para escribir el relato Lorelei of the red mist (Tres por Infinito, Vértice, “Galaxia” 9) publicado en el referido magazine, y en el que la huella del autor de Crónicas marcianas queda casi imperceptible dentro del familiar estilo de su compañera literaria.

En diciembre de aquel mismo año, 1946, Leigh Brackett estableció colaboración con otro escritor de ciencia ficción, Edmond Hamilton, pero de forma más íntima, casándose con él. Junto con el de Catherine L. Moore y Henry Kuttner fue el suyo uno de los más famosos matrimonios de autores de ciencia ficción de la época.

La feliz pareja fijó su residencia en Kinsman, Ohio, en una granja de ciento cincuenta años de antigüedad. Pasaron allí días y años dichosos cultivando legumbres y frutas, paseando, tirando al blanco (no les gustaba la caza), cuidando del jardín, escuchando música, leyendo... y desde luego escribiendo, principalmente ciencia ficción.

Hamilton escribió en 1947 sus famosas The star of life y The star kings (Los reyes de las estrellas, “Nebulae” 14); en 1948 The valley of creation; en 1950 The city of world end, etc. Por su parte Leigh Bracket desarrolló su gran saga sobre el Sistema Solar, hasta entonces sólo esbozada, y de la que a continuación hablaremos.

El principal escenario de Brackett seguía siendo el planeta Marte, un Marte bello, cruel y heroico, muy diferente del anodino que nos han mostrado las prosaicas sondas espaciales soviéticas y norteamericanas (oh, ¿por qué el Creador de los Mundos, entre todas las posibilidades que tenía para el Planeta Rojo, escogió justamente la más aburrida?)

El Marte de Leigh Brackett, inspirado por, aunque muy distinto de, el de Edgar Rice Burroughs, recuerda algo a las míticas tierras del Asia Central medieval: inmensas extensiones pobladas por tribus nómadas, con ricas caravanas haciendo etapa en ciudades fortificadas como Herat, Bujara, y Samarcanda, donde un simple bandolero como Tenmujín podía transformarse de la noche a la mañana en Genghis-Khan y fundar el más grande imperio que la historia conociera jamás. Sitúa la autora las más ricas ciudades en torno a lo que llama Gran Canal, una de las corrientes soñadas por Schiaparelli, que la triste realidad desmentiría después.

Pero es en el Canal Inferior donde Leigh Brackett sitúa las más interesantes de sus urbes marcianas, Valkis, Kekkara, Barrakesh (nombre visiblemente inspirado en Marrakesh), y otras similares pobladas por ladrones, asaltantes de caravanas y otros fuera de la ley, y refugio de todos los perseguidos por la justicia del planeta y aun de otros astros.

Más allá están las estepas infinitas, los rojos desiertos de aridez sólo atenuada por escasos oasis, donde cabalgan las tribus nómadas de Kesh y Shun en el Sur y de Mekh en el Norte, guerreros crueles, orgullosos y valientes a quienes sólo la desunión tribal impide atacar y saquear las ricas ciudades interiores de los canales.

Pero Marte tiene también un pasado legendario, cuando los secos mares estaban cubiertos por las aguas y poblados por galeras de velas blancas, y cuando las decadentes urbes del Canal Inferior eran prósperos puertos donde se amontonaban las mercancías y donde marineros de mil razas marchaban por las estrechas calles y se divertían con las muchachas de placer, vestidas de leves velos y adornadas con brazaletes de campanillas. Y, en un pasado aún más lejano, el recuerdo de los dioses, de las poderosas razas, humanas o no, poseedores de ciencias desconocidas pero superiores a todo lo imaginable, las civilizaciones perdidas que en tiempos remotos, cuando nuestra Tierra aún no conocía la vida, dominaban con mano dura el planeta vecino, y quizá todo el Sistema Solar.

La autora sitúa en el corazón de los desiertos, en las regiones inexploradas, protegidas por la soledad y también por la superstición, inquietantes reliquias de aquellos tiempos olvidados. Sinharat la siempre viviente ciudad que se yergue en la estepa de los Shun y que fuera metrópolis de los crueles Rama, conquistadores de la inmortalidad; Shandakor, último reducto de una fastuosa estirpe no humana, la norteña Kushat, junto a las Puertas de la Muerte, protegida por un talismán contra los demonios de más allá y el secreto más terrible de todos, la tumba de Rhiannon el Maldito, el último exponente de la superrraza Quiru, dominadora del espacio y el tiempo. Aquí y allá, en las tabernas del Canal Inferior, y en torno a los fuegos de los campamentos nómadas, se habla con temor de las antiguas razas inhumanas, los hombres reptiles, los voladores y los acuáticos, los filiformes y los escamosos, y de la posibilidad de su supervivencia en algún refugio olvidado, junto con la promesa de poderes extraños y tesoros fabulosos vinculados a su descubrimiento. Tal es el Marte de Leigh Brackett.

Hay que añadir que la llegada de los terrestres apenas ha manchado tan atractivo escenario. Los viajeros estelares de nuestro planeta se han limitado a establecer la base y ciudad comercial de Kahora (una especie de Hong Kong ante el Imperio Chino) y permitir la salida desde allí de algunos exploradores y arqueólogos, médicos e incluso aventureros, pero siempre por su cuenta y riesgo.

Para tan fabuloso planeta, Leigh Brackett ha creado un héroe a su medida. Es este Erik John Stark, también conocido como N'Chaka, que fuera abandonado de niño en la Zona Crepuscular de Mercurio (otra bella invención destruida por la ciencia), y cuidado allí por una tribu primitiva para convertirse luego en indómito aventurero espacial. Bárbaro justiciero, Stark se ha opuesto más de una vez al colonialismo terrícola, y apenas si tiene entre nuestra raza algún amigo como el comisionado Simon Asthon, lo que no obsta para que se embarque en la defensa de cualquier causa que le parezca justa. Un clásico héroe de space-opera en toda la acepción de la palabra.

Encontramos a Stark por primera vez en el relato largo Queen of the martian catacombs, publicado en 1949 por "Thrilling Wonder Stories". Nuestro hombre se dirige a Valkis para tomar parte en la revuelta nómada organizada por el jefe bárbaro Kynom, que ha unido a todas las hordas del desierto meridional prometiéndoles la inmortalidad, secreto de los antiguos Ramas y proponiéndose conquistar el planeta entero con la colaboración de los Señores del Canal Inferior y de diversos mercenarios terrestres y venusianos. En un ambiente de fantásticas aventuras, Stark deberá afrontar seres de otras épocas y poner fin a la epopeya de Kynom, tras de la cual, desconocida por el jefe nómada, se ocultaba una horrenda conspiración.

En Black amazone of Mars, publicada por "Planet Stories" en 1951, encontramos a Stark vagando por los desiertos del Norte, en busca de la mítica ciudad de Kushat, participando luego en la defensa de la misma contra las hordas de Mekh, y enfrentándose por fin con una cruel raza de seres inhumanos en curso de extinción. Aquí encontrará N'Chaka su digna pareja en la figura de Ciaran, la reina guerrera de los nómadas, su mortal enemiga al principio, pero que luego luchará junto a él contra los inhumanos adversarios comunes.

En el tercer gran libro de Leigh Brackett, The sea-kings of Mars (La espada de Rhiannon, Martínez Roca, “Super Ficción” 23), publicado en 1949 por "Thrilling Wonder Stories", el protagonista no es N'Chaka, sino el arqueólogo fuera de la ley, saqueador de tumbas, Matthew Carse (nombre quizá inspirado por el de Hawk Carse, héroe clásico de Anthony Gilmore). Conducido por un ladrón de Jekkara a la tumba de Rhiannon el Maldito, Carse es capturado por un torbellino temporal y llevado al Marte del pasado, cuando los mares y océanos de aguas blancas estaban presentes, y el formidable Imperio de Sark aliado de los hombres-serpiente de Caer Dhu ejercía su tiranía sobre casi todas las tierras civilizadas. Poseído él mismo por la implacable princesa Ywayn de Sark, el arqueólogo logrará tras muchas batallas, acabar con el obscuro poder de la Serpiente y liberar los pueblos marcianos además de redimir la mítica falta de Rhiannon y lograr para éste el perdón de sus fabulosos hermanos semidioses.

Esta trilogía marciana no tardó en ser publicada en libros de "tapas duras", tal como suele suceder en los Estados Unidos con las obras de ciencia ficción que destacan. Ya en 1953 Ace Books publicó The sea-kings of Mars con el nuevo título de The sword of Rhiannon (de donde viene su titulación en castellano). La misma editorial haría luego otro tanto en 1964 con Queen of the martian catacombs y Black amazone of Mars, respectivamente con los nuevos títulos de The secret of Sinharat y People of the talisman.

Quedaba una serie de relatos cortos referentes a aventuras de terrestres llegados al planeta rojo, que Ace Books recopiló en 1967 en un volumen titulado The coming of terrans, intentando incluso una vaga cronología.

Los temas de estos relatos son de índole muy variada. El primero de ellos, The beast-jewel of Mars, publicado originalmente en "Planet Stories" durante el invierno de 1948, pone en escena el clásico argumento de un joven terrestre que se interna en las salvajes tierras de Marte en busca de su novia, desaparecida con anterioridad, y en ella tiene gran importancia el juego del shanga, que convierte a los hombres en bestias, y que aparece también en Queen of the martian catacombs. En The last days of Shandakor ("Startling Stories", abril de 1952), un aventurero de nuestro planeta se traslada tras un penoso viaje por el desierto a la oculta ciudad de Shandakor, donde los últimos representantes de una raza no humana pasan sus postreros días en incomprensibles juegos y fiestas, resignados a la fatalidad de su muerte racial. Más emotivo es Mars minus Bisha, aparecido en "Planet Stories" en 1954, donde se relata la trágica historia de una niña, Bisha, en la que un cruel atavismo ha resucitado las características de una antigua raza telepática, y que por ello causa involuntariamente la muerte a quienes la rodean. En vano, un joven médico terrestre, Fraser, que no cree en esas supersticiones, intenta salvarla de la ejecución ritual que le quieren inflingir los nómadas. Al ver al médico aquejado por la terrible enfermedad que su aura mental produce, la niña opta por escapar de su lado y aceptar voluntariamente la muerte que los marcianos deben darle, no por odio, sino por necesidad. El relato da muestras de una sensibilidad que podía compararse quizá con el patético The cold equations (Las frías ecuaciones, antología Labor), de Tom Godwin.

El quinto relato de la serie, The road to Sinharat, publicado en mayo de 1963 en "Amazing", es una simple aventura con ribetes ecológicos donde aparece de nuevo la ciudad prohibida de Sinharat, escenario principal de Queen of the martian catacombs, y se reivindica una cierta bondad para los temibles Rama que la construyeron. En cuanto al sexto y último, Purple priestess of the mad moon, que vio la luz en 1965 en las páginas de "The Magazine of Fantasy and Science Fiction" y que es el único de la serie traducido al castellano (La sacerdotisa escarlata de la luna loca, Bruguera, Libro Amigo 247), es quizá el más flojo de todos. Relata el contacto de un terrestre con un terrible culto existente en la ciudad marciana de Jekkara, y cuyo poder le persigue incluso cuando ha regresado a nuestro planeta. En realidad parece ser que el motivo de Leigh Brackett para escribir este relato fue una apuesta que un amigo hizo sobre la imposibilidad de crear un cuento con un nombre tan estrambótico.

Abandonando ahora el preferido planeta de Leigh Brackett, pasemos a otro astro clásico de la mitología fantacientífica, igualmente estropeado por la realidad objetiva de las endemoniadas sondas espaciales americanas y soviéticas. Para Leigh Brackett, como para otros muchos autores de ciencia ficción, el planeta Venus, misterioso bajo su envoltura de nubes, sería escenario de una naturaleza pujante, selvática y primitiva, desde luego habitable para el hombre terrestre. La autora le dota, cómo no, de algunas legendarias civilizaciones perdidas, y lanza a sus héroes sobre él, en demanda de mil hazañas y aventuras.

Conocido en España es el bello relato Terror out of space (Terror en el espacio, “Nebulae” 67), cuyo título, poco afortunado, en poco conviene al contenido. Vemos en él a un policía espacial enviado a la caza de un raro ser llegado desde el espacio al planeta Venus, y que con sus poderes hipnóticos subyuga a las poblaciones del segundo planeta. Capturado el ente, el policía cae con él en el fondo de un mar venusino, donde debe ayudar a una raza de plantas inteligentes acosada por enemigos carnívoros de su misma especie. Pero este resumen está lejos de hacer honor a la belleza de las descripciones submarinas, que parece pedía el lápiz mágico de un Walt Disney para ser llevadas al cine de animación. El desenlace del relato, quizá un poco incongruente, está seguramente influido por The cold gray god, de la serie de Northwest Smith creada por Catherine L. Moore, pero en conjunto se trata de una de las más hermosas obras de Brackett, que como tal fue recogida en la antología de Donald A. Wollheim dedicada a Venus y titulada The hidden planet (El planeta oculto, título del número de “Nebulae” citado).

Otro relato corto Lorelei of the red mist, del que ya antes hemos hablado, escrito con la colaboración poco perceptible de Ray Bradbury y publicado por "Planet Stories" en el verano de 1946 (en español con el equivocado nombre de Tres por Infinito, correspondiente a una antología en la que venía incluido, y atribuido por completo a Bradbury, Vértice, “Galaxia” 9), nos traslada a un diferente paisaje venusino, en Venus Interior, más allá de los Montes de la Nube Blanca. Allí crea Leigh Brackett un misterioso mar de gases rojizos, sobre el cual pueden navegar los barcos, pero en cuyo seno es posible respirar y vivir. En tan fantástico paraje viene a caer Hugh Starke con la astronave experimental que ha robado (pese a excepciones como el relato anterior, Leigh Brackett sigue prefiriendo como protagonistas a los fuera de la ley antes que a los policías). Muerto en el choque, la bruja Rann, reina de la ciudad de Falga, transfiere su espíritu al cuerpo de un poderoso guerrero llamado Conan (!!), prisionero en la ciudad enemiga de Crom Dhu. En la guerra entre las dos ciudades Conan-Starke ganará el amor de la princesa Beudag y, en el curso de una horrenda resurrección de los muertos en el mar, acabará con el poder de Falga y de la reina bruja.

El mismo escenario del rojo mar gaseoso es el de Enchantress of Venus, aparecida en 1949 en "Planet Stories", y rebautizado en una posterior reedición como City of the Lost Ones (La Ciudad de los Seres Perdidos, Vértice, “Galaxia” 5). Aquí se pone en escena nada menos que el conocido Erik John Stark, que navega por el océano escarlata rumbo a la bárbara ciudad costera de Shuruun, para buscar a su amigo, el venusino Helvi, desaparecido en extrañas circunstancias. El salvaje N'Chaka debe enfrentarse aquí a una horrenda familia decadente, degeneración de antiguos aristócratas, que capturan esclavos para hacerlos buscar en el fondo del mar gaseoso una ciudad perdida que, según se dice, guarda el secreto de la eterna juventud. Al ser hallado el secreto, que resulta ser el del supremo horror, la familia tiránica se destruye a sí misma, en tanto que N'Chaka encabeza la inevitable rebelión de los esclavos.

Menos importante que las marcianas o venusianas son las incursiones realizadas por Brackett a otros planetas de nuestro Sistema Solar. En The dancing girl of Ganymede, publicado en 1966 por "The Award Science Fiction Reader", la autora recoge la alegre cosmografía de Stanley Graham Weinbaum, con sus lunas jupeterianas y saturnianas dotadas de atmósferas y temperaturas que las hacen habitables para los humanos. En las selvas de Ganímedes un terrestre encuentra a unos seres sintéticos que huyen de una feroz persecución y, enamorado de una de sus mujeres, les ayuda y acompaña hasta su trágico final.

También son raras las expediciones de Leigh Brackett a otras estrellas. Quizá la más conocida de sus aventuras interestelares sea The starmen of Llyrdis, aparecida en marzo de 1951 en "Startling Stories" y republicada al año siguiente en forma de libro por Gnome Press. En ella aparece una raza de comerciantes estelares que mantienen el monopolio de esa clase de viajes merced a su estructura física que les permite soportar las terribles aceleraciones necesarias. Michael Trehearne, un terrestre de nuestro tiempo, descubre que en realidad es un mestizo de nuestra raza y la de los viajeros estelares, y que por ello es capaz de acompañarles hasta las estrellas. Tras un periplo sideral en el que conoce diversas razas alienígenas, logra finalmente romper el monopolio y poner el viaje estelar al alcance de todas las razas del espacio.

Más emotivo es el relato The Woman from Altair (Asesinato por telepatía, Enigmas 14, México), aparecido en julio de 1951 en "Startling Stories". En él se asiste a la implacable venganza de una muchacha no humana raptada en Altair por un astronauta terrestre, en contra de todos los familiares y amigos de su secuestrador.

En casi todo el ciclo épico marciano-venusiano de Leigh Brackett, los principales personajes pertenecen a un triángulo invariable que incluye al protagonista masculino, fuerte, bárbaro y violento, aunque en el fondo amigo de la justicia e incluso de buen corazón, y dos tipos distintos de mujer, una de ellas salvaje, de terribles pasiones y cuya energía choca violentamente con la del anterior, y otra más reposada, dulce y bondadosa, aunque no por ello incapaz de abnegación y heroísmo, que para el protagonista viene a significar el contrapunto de la anterior. Así, junto al archihéroe Erik John Stark encontramos en City of the lost ones a la perversa y apasionada Varra junto a la pequeña y dulce Zareth. Idéntico papel representan en Queen of the martian catacombs, Ciaran y Thanis. En The sword of Rhiannon el protagonista Matthew Carse halla en su aventurero periplo a la princesa guerrera Ywayn de Sark y también a la soñadora y delicada Emer, en tanto que en Lorelei of the red mist, la venusina Beudag, aunque luchadora y enérgica, no deja de parecer dulce y suave frente a su contrapartida, la terrible Ran, reina bruja de Falga. Por otra parte, la preferencia del héroe no es constante, pues en unas obras acaba emparejado con el personaje femenino más feroz y violento, y en otras con su contrario.

Leigh Brackett, especialista en obras épicas con confrontaciones directas entre el Bien y el Mal, no ha sido nunca asidua a las obras de mensaje político tal como otros autores las representan. Estamos lejos de los Heinlein y los Leinster y del reflejo de sus opiniones sobre la situación política contemporánea a ellos en las páginas de sus obras.

En los inicios de su carrera como escritora, sin embargo, se sumó a la oposición contra los estados autoritarios implantados por fascistas y nazis en Europa, y esta toma de posición, al ingenuo estilo americano de la época, puede rastrearse en algunas de sus obras.

En Retreat on the stars (Refugio en las estrellas, Bruguera Libro Amigo 107), publicado en 1941, presenta un grupo de anarquistas que han hallado en un asteroide un refugio contra el tiránico Triestado que gobierna todo el Sistema Solar. En Child of the Sun (Hijo del Sol, Vértice, “Galaxia” 8, e “Infinitum” 6), publicado originalmente por "Planet Stories" en la primavera de 1942, ya con los Estados Unidos en guerra, un pequeño grupo de exiliados huyen del dictador Granty Hilton, inventor del psico-ajustador con el que esclaviza las mentes de los habitantes del Sistema Solar. Refugiados en Vulcano, el mítico planeta intramercurial, encuentran allí una criatura de naturaleza casi divina, procedente del primigenio fuego solar, con la que combatirán en principio, para obtener luego su ayuda en la creación de un mundo-refugio para los inconformistas terrestres.

En estos relatos, Brackett insiste siempre en la vitalidad de sus personajes revolucionarios que luchan por la libertad, en oposición a la naturaleza neutra y poco atractiva de quienes propugnan o soportan las soluciones autoritarias, evidente contraste que lleva al camino de la verdad al traidor o infiltrado que es también elemento común a las dos obras. Igualmente podría mencionarse en ellas una curiosa tendencia a preferir la huida y la búsqueda de un refugio, mejor que enfrentarse directamente con las dictaduras. Quizá resabios del resentimiento aislacionista aún muy poderoso en los Estados Unidos en los días anteriores a Pearl Harbour.

Bastantes años después, en noviembre de 1957, "Venture Science & Fiction” publica el relato All the colours of the rainbow (Todos los colores del arco iris, “nueva dimensión” 119) en el que Leigh Brackett vuelve a tomar partido en un problema contemporáneo, en este caso el racismo. Asistimos aquí a la terrible aventura de una pareja de extraterrestres en viaje de turismo por el sur de los Estados Unidos, donde se les trata, con la falta de lógica acostumbrada entre la grey racista, de negros verdes. Víctimas de la violencia más salvaje, los alienígenas hallan en las autoridades terrestres (¿americanas?) la más irritante falta de interés en su denuncia por lo que deben optar, con el evidente aplauso de la autora, por tomarse la justicia por su mano.

Durante varios años Leigh Brackett dejó por completo el género fantacientífico para dedicarse, fundamentalmente, a escribir guiones de películas, siendo autora entre otros, de los correspondientes a El sueño eterno, Río Bravo, Hatari y Eldorado. Parecía que su firma iba a permanecer para siempre ausente de las revistas y libros de ciencia ficción.

Pero mediada la década de los setenta, quizá llevada por la nostalgia de los tiempos felices y de los caminos recorridos, de nuevo Leigh Brackett volvió por donde solía. De sus nuevas obras se nota ausente, como es el caso de quienes dejaron descansar su pluma, parte de su primera personalidad, de su primitivo wonder sense. Pero se reconocen, no obstante, las principales características de Leigh Brackett y por si esto quedara en duda, ella misma ha procurado dejar una nota particular, una pista indeleble para los ojos del conocedor.

En The ginger star, que "If" publicó en febrero de 1974, Brackett resucita nada menos que a Erik John Stark, el salvaje N'Chaka de los páramos mercurianos, transportándole incomprensiblemente a un escenario de civilización galáctica para rescatar a su amigo Simón Ashton, cautivo en un extraño planeta. En Alpha Centauri or die!, aparecida en el siguiente año, la autora parece regresar a los orígenes, con un relato de exiliados huyendo del Sistema Solar para refugiarse en unos de los planetas de la mencionada estrella, donde les ocurrirán diversas aventuras. Como puerto de embarque para este viaje ilegal, Brackett da la ciudad de Kahora, aquel puesto comercial terrestre en Marte tan mencionado en la saga de aquel planeta.

Pudo conocer Leigh Brackett el renacimiento de la space-opera, a la que siempre se había dedicado, iniciado en la pantalla por Star wars. Incluso trabajó como guionista en la prevista continuación del film The empire strike back, pero cuando estaba entregada a este trabajo en Lancaster (California), el 18 de marzo de 1978, Leigh Brackett dejó nuestro mundo. Contaba entonces sesenta y dos años de edad.