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lunes, 8 de febrero de 2010

LOS TRES NOMBRES DE GODOFREDO


Murilo Rubiáo


Aunque existan excelentes cuentos fantásticos de Joao Guimaraes Rosa, Clarice Lispector, Nélida Piñón o Carlos Drummond de Andrade, Murilo Rubiáo (1916), es uno de los pocos autores brasileros, si no el único, que ha dedicado sus esfuerzos por completo a la literatura fantástica. Ha ido dando a conocer sus relatos con ejemplar parsimonia, en volúmenes delgados que a veces repiten cuentos anteriores con leves variaciones. Ellos son: O Ex–Mágico (1947), A Estrela Vermelha (1953), Os Dragóes e Outros Contos (1965), O Pirotécnico Zacarías (1974), O Convidado (1974), A Ca­sa do Girassol Vermelho (1978). Sus relatos pertenecen en su mayor parte a la corriente contemporánea, de ambiente urbano, caracterizada por instalar lo extraño o absurdo den­tro de un ambiente cotidiano, con discreción y una básica falta de dramatismo o sorpresa argumental. En ese sentido se aproxima con medios propios a la obra de Kafka. Un ele­mento llamativo es que todos y cada uno de ellos van pre­cedidos, sistemáticamente, por una cita bíblica.

"Los tres nombres de Godofredo" pertenece al libro A Casa do Girassol Vermelho.

LOS TRES NOMBRES DE GODOFREDO


Sucedió que advertí una arruga en su frente.

Ella estaba sentada frente a mí a la mesa de la cuál du­rante quince años seguidos fui el único ocupante a la hora del almuerzo y de la cena, desde una fecha que no podría precisar.

Al advertir su constante presencia, consideré el hecho como perfectamente natural. El lugar no me pertenecía en nombre de ningún derecho y, por otra parte, mi vecina no hacía nada que pudiera molestarme. Ni siquiera me di­rigía la palabra. Además, su comportamiento durante las refecciones era discreto, exento de cualquier ruido que pu­diera llamar la atención.

Esa noche, sin embargo, me sentía inquieto, incómodo al desconocer los motivos de su preocupación. Y estaba dis­puesto a abandonar la mesa, convencido de que, de este mo­do, mi compañera se sentiría más cómoda. Tal vez tuviera alguna preocupación y prefiriera estar sola. Al recorrer el recinto con la mirada, noté que eran muchos los lugares vacíos, lo que no dejaba de ser corriente en el restaurante, cuya clientela era muy reducida. Me sentí molesto y consi­deré como un atropello el hecho de tener que abandonar la mesa, cuando la muchacha podría también haberlo he­cho. ¿Y, por qué había venido, justamente, a sentarse a mi lado?

Una vez superada mi irritación y diciéndome que demos­traba ser muy poco educado al albergar semejantes pensa­mientos, resolví abandonar la mesa. Al fin de cuentas ella, al igual que yo, podría también preferir precisamente ésa.

Me volví hacia la joven y le pregunté si no vería mal que cambiara de lugar.

Me decepcionó su indiferencia ante un gesto que yo consideraba el más delicado posible. Esbocé un rápido cumplido con la cabeza y me dirigí el extremo opuesto del salón.

No bien me acomodé en la otra silla, me aguardaba una nueva sorpresa: la mujer caminaba en mi dirección, con el propósito evidente de volver a mi lado. Al mismo tiempo, me alegré al ver que la arruga había desaparecido de su fren­te y me reproché por no habérseme ocurrido antes la idea de escoger un lugar mejor, más del agrado de mi compañera. Sucedía, con todo, algo que aún no lograba compren­der: ¿sería ella mi convidada esa noche? ¿Y en los días an­teriores?

Insatisfecho con las dudas que me asaltaban, indagué me­dio cohibido:

–La invité a almorzar, ¿verdad?

–¡Claro! Y no hacía falta una invitación formal para traerme aquí.

–¿Cómo?

–Caramba, ¿desde cuándo se hizo obligatorio para el marido invitar a comer a su mujer? –¿Usted es mi mujer?

–Sí, la segunda. O acaso, ¿hace falta que te diga que la primera era rubia y que la mataste en un acceso de celos?

––No es necesario. –Ya me sentía bastante confundido ante la noticia de mi casamiento y no deseaba que me crea­ran un remordimiento por un asesinato que no recordaba en lo más mínimo–. Sólo me gustaría aclarar si estamos casa­dos hace muchos años.

Un tanto forzada, como queriendo divertirse conmigo, replicó:

–Es una historia muy vieja. Ya ni me acuerdo.

–Y ¿hemos dormido juntos? –insistí, a la espera de que, en cualquier momento, se develara el equívoco y, aliviado, pudiera verificar que todo eso no pasaba de una farsa bien tramada.

La respuesta me decepcionó:

–¡Qué estupidez! Siempre dormimos juntos. No quedaba mucho para preguntar, pero insistí:

–¿Podrías decirme desde cuando nos conocemos?

Mi insistencia no la contrarió y me parece que debe ha­berse sentido bien predispuesta en vista de mi creciente em­barazo:

–Sólo recuerdo que no fue durante la primavera, época en que florecen mis geranios.

Tenía necesidad de saberlo todo, no obstante estar con­vencido de la inutilidad de prolongar el interrogatorio:

–Mi primera mujer ¿no sentía celos de nuestra camaradería?

–En absoluto. (Y no era simple camaradería.) Tú sí que los tenías por cualquier cosa, a pesar de conocer –como nadie– su fidelidad. Debes haberla matado precisamente por eso.

–No me hables del crimen –supliqué, tomándola de la cara, una cara firme y fresca. Contemplé sus ojos, castaños y tiernos. La encontré linda. Cauteloso y temiendo ser re­chazado, acaricié sus manos pequeñitas. –Creí que eras una sombra.

–Tonterías, ¡Santo Dios! ¿Por qué habría de ser una sombra?

–Lo que pasa es que, últimamente, no hablo con nadie ni reparo en las personas. Esa es la razón de mi demora en aceptar tu presencia..

Me detuve un momento. Miré a los costados y vi que estábamos solos en el salón. Aun sabiendo que el restauran­te cerraba temprano, retomé el diálogo:

–¿No te aburría mi constante silencio?

–De ningún modo, nunca dejaste de conversar conmigo.

Volví a mirarla a los ojos: su belleza era diabólica. Tan hermosa que me quitó todo deseo de renovar las objecio­nes.

Esperé a que terminara de comer y pregunté adonde iría­mos.

–A nuestra casa, según creo.

Confieso que me asaltó la curiosidad de saber si nuestra casa sería diferente de la mía. No recordaba exactamente su aspecto y dudé si podría localizarla.

Una vez en el frente de la casa que mi compañía asegu­raba que era la nuestra, todavía vacilaba:

–¿Estás segura de que es aquí, Geralda?

Ella sacudió la cabeza afirmativamente, pero no le di im­portancia al gesto. Sólo me preocupaba llegar a descubrir cómo había logrado adivinar su nombre, porque estaba se­guro de haberlo pronunciado por primera vez en ese preci­so momento.

Una vez abierta la puerta de entrada se disiparon mis dudas: mi sobretodo de cuello de piel estaba sobre el sofá. Lo único que me llamaba la atención eran algunos detalles en los que antes nunca había reparado. Los muebles, aun­que antiguos, eran sobrios, mientras que los cuadros, mal distribuidos en las paredes, desentonaban por su mal gusto. Y había flores por todas partes.

Geralda, sin la más mínima extrañeza, me acompañaba en mis sucesivos descubrimientos.

La curiosidad satisfecha, me acordé de mi esposa. Tor­pemente y sin saber si procedía bien, extendí las manos pa­ra atraerla a mí. Pálida, con el pelo negro, los ojos grandes, ella permanecía sonriendo en el centro de la sala, a la espera de que la abrazara. La emoción, sumada a un terror inexpli­cable, me contuvo un momento. Pero no me fue posible, sin embargo, reprimir el instinto de exigir la posesión de esa mujer que se ofrecía íntegra a mis brazos. Avancé hacia ella, buscándole la boca. La besé con impaciencia, y sentí un sabor nuevo, como si fuera la primera mujer a quien besara.

Sólo cuando entreví un bostezo en sus labios, me di cuenta de que era tarde. Y nos fuimos a dormir.

Por un instante, encontré extraño que Geralda me acom­pañara al cuarto. Después, me di cuenta de que me preocu­paba en vano: la cama era de matrimonio y tenía dos almohadas. Frente a nosotros, había un tocador con diversos objetos de uso femenino.

Ella comenzó a desvestirse y yo, cohibido, no sabía si debía retirarme o ponerme el pijama allí mismo. Por culpa de la indecisión o por la belleza de sus piernas, me faltó ini­ciativa y me quedé parado en el medio de la habitación.

Cuando la vi acomodada en la cama, me senté en el borde y me fui quitando la ropa.

Al despertar y sentir el calor de ese cuerpo, me vino una intensa sensación de posesión, de posesión definitiva. Ya no podía dudar de que fuera mía para siempre.

Le hablé largamente, bajito, casi susurrando, sus cabellos rozando mi cara.

Los meses corrían y evitábamos salir de casa. (No quería que los demás fueran testigos de nuestra intimidad, de los cuidados que yo le brindaba.)

Locuaz, alegre, ahora yo gozaba viéndola comer a pe­queños bocados, masticando" los alimentos despaciosamen­te. Algunas veces me interrumpía con una observación in­genua.

–Si la tierra da vueltas, ¿por qué no nos mareamos? En vez de impacientarme, le decía, a modo de respuesta, una cantidad de cosas graves, que Geralda escuchaba con ojos embelesados. Al final, me lisonjeaba con un desmesu­rado elogio de mis conocimientos.

Los días no tardaron en hacerse largos, y mis atenciones se fueron haciendo rutinarias; se produjo un vacío entre nosotros, hasta que terminé por callar. Ella enmudeció tam­bién.

Nos quedaba el restaurante. Y allí nos dirigíamos, guar­dando un silencio condenado a dolorosa permanencia.

Su cara comenzó a resultarme odiosa, al igual que el re­flejo de mi tedio en su mirada. Así las cosas, nacía en mí el deseo de estar solo, sin lograr que Geralda me abandonara jamás, siguiéndome adonde quiera qué fuera. Nervioso, im­plorando compasión con la mirada, no tenía el coraje sufi­ciente para confesarle lo que pasaba en mi fuero íntimo.

Una tarde en que miraba a las paredes sin ninguna inten­ción aparente, advertí una cuerda colgada de un gancho. La agarré y dije a Geralda, que se mantenía abstraída, distante:

–Te servirá de collar.

No hizo ninguna objeción. Me tendió el cuello, a cuyo alrededor, con delicadeza, pasé la cuerda. En seguida, tiré de las puntas. Mi mujer cerró los ojos como si estuviera reci­biendo una caricia. Apreté con fuerza el nudo y la vi caer al piso.

Como era la hora del almuerzo, maquinalmente, me diri­gí al restaurante, donde ocupé la mesa de costumbre. Me senté, distraído, totalmente despreocupado. Aun más, es­taba sumergido en una dulce sensación de libertad. No ha­bía aún elegido el plato, cuando tuve un escalofrío: en la silla, frente a mí, acababa de sentarse una joven señora que, a no ser por el pelo rubio, habría jurado que era mi mujer. Me llenaba de asombro la semejanza que había entre las dos. Los mismos labios, nariz, ojos, la manera de fruncir la frente.

Una vez pasada mi perplejidad, resolví aclarar la desa­gradable situación:

–¿Eres Geralda? –pregunté, más para iniciar la conver­sación que para obtener una respuesta afirmativa. Mi mujer tenía el pelo negro y un diente de oro.

–No. Soy tu primera esposa, a la segunda acabas de ma­tarla...

–Sí, ya lo sé. La maté en un acceso de celos...

–¿Acaso podría ser de otro modo, mi pobre Robério?

–¿Robério? –nunca nadie me había conocido por ese nombre. Había alguna equivocación, un tremendo engaño en todo esto.

Traté de recuperar la calma con el objeto de disipar el malentendido:

–Todo eso ya pasó, Joana. Me llamo Godofredo.

–Te engañas, Robério, no podrás olvidarlo.

–¿Quién dice que no podré? –repliqué, agresivo, indig­nado por su temeridad.

Ella ignoró mi exabrupto. Y fría, irritantemente tran­quila, me provocaba:

–Puedes gritar todo lo que quieras, el restaurante está vacío.

–Y ¿por qué está vacío? –pregunté con aspereza, le­vantando aún más la voz.

Joana era conciente de la inutilidad de toda explicación, pero respondió, tratando de disimular su lástima:

–Sólo nosotros dos frecuentamos este restaurante, que papá compró para ti.

–Nada le pedí a tu padre, y ni siquiera sabía de su exis­tencia. ¡Al diablo con ustedes dos!

A medias nauseado y a medias temeroso, me levanté apresuradamente. Alcancé la acera y salí corriendo sin te­ner noción de lo que iría a hacer.

Sólo me detuve al llegar frente a la puerta de casa. Eché el cerrojo y tranqué por dentro la puerta de entrada. No había aún guardado las llaves en el bolsillo, cuando me acordé del cadáver de Geralda. Pensé en retroceder, pero me detuve: frente a mí, de pie en el vestíbulo, se hallaba una mujer bastante parecida a mis otras esposas. Tenía la cabellera dorada de Joana y se distinguía de las dos por te­ner, además de las cejas arqueadas, un anillo de amatista en el anular.

Cayó sobre mí una aflicción desesperante. Le abrí los brazos, y ella entró en ellos, adhiriendo fuertemente su cuerpo al mío. Llevé las manos hasta su cuello, y lo apreté.

Quedó extendida sobre la alfombra y seguí hasta el co­medor. No bien entré al saloncito, me asusté: a la cabecera de la mesa, dispuesta a almorzar, sonreía una joven que se parecía extrañamente a Joana y Geralda.

–Naturalmente, eres mi cuarta esposa.

–No, por Dios, apenas somos novios –dijo, indicándome un lugar a su izquierda.

–¿Novia mía?

Espantado, pregunté si hacía mucho tiempo que vivía­mos juntos.

–Vivo sola desde que mi padre murió. Tú acabas de lle­gar y eres mi huésped. Una vez que nos casemos iremos a vivir a la ciudad.

La cinta de terciopelo, que prendía un medallón antiguo al cuello de Isabel, me fascinó por algunos segundos. Des­vié la mirada hacia el plato, ya servido, y advertí que había perdido las ganas de comer. Cuando levanté la cabeza nue­vamente, se me ocurrió formular algunas preguntas, posi­blemente las mismas que le había hecho a mi segunda mujer en el restaurante aquella noche. Desistí, preocupado por descubrir una ciudad que se había perdido en mi memoria.



martes, 26 de mayo de 2009

Estrenamos el número XI de Revista Cinosargo - Edición de Abril del 2009


NÚMEROS ANTERIORES


CINOSARGO EDICIÓN DE MARZO DEL 2009 NÚMEROX LEER O DESCARGAR.


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CINOSARGO EDICIÓN DE OCTUBRE DEL 2008 NÚMERO V. LEER O DESCARGAR


CINOSARGO EDICIÓN DE SEPTIEMBRE DEL 2008 NÚMERO IV. LEER O DESCARGAR


CINOSARGO EDICIÓN DE AGOSTO DEL 2008 NÚMERO III. LEER O DESCARGAR


CINOSARGO EDICIÓN DE JUNIO 2008 NÚMERO II. LEER O DESCARGAR


CINOSARGO EDICIÓN DE JUNIO 2008 NÚMERO I. LEER O DESCARGAR


CINOSARGO EDICIÓN MAYO 2008 NÚMERO 0. LEER O DESCARGAR.


ESPECIALES DE POESÍA.


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Cuarta edición especial de poesía de Revista Cinosargo Marzo del 2009 Año I leer o descargar


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Tercera edición especial de poesía de Revista Cinosargo Febrero del 2009 Año I Leer o descargar


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Segunda edición especial de poesía de Revista Cinosargo Enero del 2009 Año I Leer o descargar


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Ediciones especiales de Revista Cinosargo, Poesía publicada en Diciembre del 2008


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viernes, 24 de abril de 2009

Lea Revista la santísima trinidad de las cuatro esquinas

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Cuarta edición de La Santísima Trinidad de las cuatro esquinas.


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Tercera edición de La Santísima Trinidad de las cuatro esquinas.


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Segunda edición de La Santísima Trinidad de las cuatro esquinas.


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Estrenamos la primera edición de La Santísima Trinidad de las cuatro esquinas.


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jueves, 26 de marzo de 2009

Números de Revista Cinosargo estrenados a la fecha

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Estrenamos el décimo número de Revista de Febrero del 2009

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NÚMEROS ANTERIORES


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CINOSARGO EDICIÓN MAYO 2008 NÚMERO 0. LEER O DESCARGAR.


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Segunda edición especial de poesía de Revista Cinosargo Enero del 2009 Año I Leer o descargar

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Ediciones especiales de Revista Cinosargo, Poesía publicada en Diciembre del 2008

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domingo, 22 de febrero de 2009

Estrenamos el noveno número de Revista Cinosargo edición VIII deEnero del 2009

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Estrenamos el noveno número de Revista Cinosargo edición VIII deEnero del 2009

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martes, 10 de febrero de 2009

Novedades en La Santísima Trinidad de las Cuatro Esquinas

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Murciélaga de Verónica Quense por Sol E. Díaz (leer)

Enrique Lihn y su decir poético (leer)

Alto Hospicio publicada por Editorial Quimantú (leer)

El mudo Corazón del Bosque (leer)


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Segunda edición de La Santísima Trinidad de las cuatro esquinas.

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martes, 27 de enero de 2009

Novedades de Enero en La Santísima Trinidad de las Cuatro esquinas

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Estamos terminado un nuevo mes, de la Santísima Trinidad de las cuatro esquinas y presentamos al público los presentes artículos y novedades


Violeta Fernández Riquelme

El dentista de Bolaño y la irónica intertextualidad del viaje sin retorno (leer)


Daniel Rojas Pachas

Hacia una interpretación Lihn-guística de: La Vejez de Narciso (leer)

Los Gemidos de Yanquilandia por Pablo de Rokha (leer)

Hacia una interpretación Lihn-guística de: Pena de Extrañamiento (leer)


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Estrenamos nuestro primer número de la Revista La Santísima Trinidad de las cuatro esquinas (leer)


Lea la Santísima Trinidad de las cuatro esquinas






lunes, 12 de enero de 2009

El dentista de Bolaño y la irónica intertextualidad del viaje sin retorno

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El dentista de Bolaño y la irónica intertextualidad del viaje sin retorno. Perpretado por Violeta Fernández Riquelme.

En su obra el dentista (publicada en el libro de cuentos Putas asesinas) Roberto Bolaño como en el grueso de su obra, narrativa, poética y ensayística, realiza un despliegue de ironía intertextual increíble, esta categoría es señalada por Umberto Eco en sus comentarios sobre lo denominado novela posmoderna por autores como McHale, o Hutcheon, como un rasgo esencial de aquellos diseños narrativos experimentales que pretenden llevar el dialogismo e hibridismo discursivo a otro estatus. Bolaño nos tiene acostumbrados a ello tanto en sus mega-sagas los detectives salvajes y 2666 como en sus breves textos, incluidos los póstumos e inconclusos (El secreto del mal)

Esta estrategia textual representa un desafió pero así mismo un atractivo cebo para el lector, le permite al autor, en este caso a Bolaño, expresarse en dos niveles al mismo tiempo, algo así como ocurre con en el double codding, otra categoría señalada por Eco, mediante la cual el creador se permite estructurar el discurso y diégesis para un público más experimentado, con cierto conocimiento formal de la literatura y sus códigos, en Dentista están todas las alusiones a Rimbaud, a Elizondo, a ese realvisceralismo poético de los jóvenes mexicanos, intelectualidad universitaria que vemos en decadencia y aburguesada en los protagonistas, los que a su vez se empapan del sentir de malditismo artístico, de anonimato creativo, de esplendor y fugacidad del talento representado por aquel joven indio Ramírez que no es el bello Arthur como explicita desde un principio el texto, No era Rimbaud, sólo era un niño indio. Hay que contar además las aproximaciones estéticas camufladas en forma de digresiones o diálogos entre ebrios “El arte, dijo, es parte de la historia particular mucho antes que de la historia del arte propiamente dicha. El arte, dijo, es la historia particular. Es la única historia particular posible. Es la historia particular y es al mismo tiempo la matriz de la historia particular. ¿Y qué es la matriz de la historia particular?, dije. Acto seguido pensé que me respondería: el arte. Y también pensé, y ése fue un pensamiento afable, que ya estábamos borrachos y que era hora de volver a casa. Pero mi amigo dijo: la matriz de la historia particular es la historia secreta.”

En este ejercicio no podemos ignorar todos los recursos formales, los mecanismos anticlimáticos, la intención de dejar hilos abiertos (lo que se conoce como dato escondido), además de la transtextualidad en todas sus variantes y en otros casos, no este en particular, la metalepsis, la trasgresión de los niveles de narración. En fin, todo en una misma historia, tal como dice el personaje de Dentista… “y luego mi amigo empezó a contarme un cuento de Ramírez, un cuento sobre un niño que tenía muchos hermanos pequeños que cuidar, ésa era la historia, al menos al principio, aunque luego el argumento daba un giro y se pulverizaba a sí mismo, el cuento se convertía en una historia sobre el fantasma de un pedagogo encerrado en una botella, y también en una historia sobre la libertad individual, y aparecían otros personajes, dos merolicos más bien canallas, una veinteañera drogadicta, un coche inútil abandonado en la carretera que servía de casa a un tipo que leía un libro de Sade. Y todo en un cuento, dijo mi amigo”.

Y es que el detective salvaje, Arturo Belano para los amigos, a la par que cohesiona esta fina trama, se dirige a un público más masivo, centrado en el contenido y ciertas temáticas que engolosinan al morbo mayoritario. La violencia inmanente, el terror y tensión que se esnifa en esos rincones y lapsos solitarios que confrontan los personajes, el mentado derrotero sentimental del narrador y la presumible homosexualidad pederasta del dentista amante de la pintura y que se culpa de la muerte accidental de una vieja indígena en su sala de operaciones a manos de un practicante, que en su ausencia le intervino un cáncer en la encía a la vieja, insisto… todo en un mismo cuento, por ello podríamos decir en síntesis que Bolaño liga lo culterano, lo excesivamente elitista con lo que a todos nos despierta curiosidad, logrando que su trabajo sea como el mismo dice: “Mi literatura es legible, pero no es fácil”.

Esto hay que relacionarlo con la tan mentada ironía intertextual, esta se caracteriza frente al doble código en que la escisión o distancia entre los dos niveles que el autor trabaja, ya no se presenta tan sólo en función de cualquier acerbo, preferencia de temáticas o conocimiento popular, sino que se pronuncia de forma más específica, especializada podríamos decir, pues se focaliza en una necesidad primordial, el dominio de ciertos ideolectos o enciclopedia del destinatario, esto en español y para todos los lectores no estrictamente imbuidos en la terminología de Eco, significa, que la obra exige un conocimiento especial que es la misma obra del autor, sus propios códigos o fetiches como prefiero llamarlos, aquí Bolaño dialoga con bolaño, lo cual permite que el goce estético sea mayor para quien comulga y conoce las otras voces, esas señales de ruta ocultas, temáticas todas, transversales para el Chileno y que se aprecian no sólo en la repetición de su estilo, en el cómo y qué aborda, sino en la creación de un universo que se comunica y retroalimenta constantemente, desde su obra con Porta escrita a cuatro manos, Los Consejos, hasta las que no llegó a concluir. Esto de cualquier modo no es novedad, un lector de Bolaño al leer dentista, entiende en profundidad guiños simples como aquella alusión a Sade o los delirios sexuales del pintor Cavernas y su repentina violencia amparada por guaruras, para que hablar de la constitución de la personalidad de los actantes, el estudioso de letras descorazonado, el hombre que en su normalidad esencial, de dentista aburguesado oculta toda una maraña de sentimientos oscuros paradojalmente ligados al arte, similar a Quim Font, a eso hay que añadir los parajes, vehículos y atmósferas, esto no implica que Bolaño se repita, sino que Bolaño nos invita a recorrer muchas veces los mismos caminos, nos obliga a perdernos en la búsqueda frenética de saltos y retornos que implican un Aleph o Rayuela, esa biblioteca infinita llena de citas a otros y si mismo, y en el anhelo por una respuesta o una bitácora convincente, nos topamos con un viaje que en realidad jamás termina pues las vías paralelas llevan a otras aparentemente distanciadas, como podría ser el caso de su poesía frente a su narrativa pero no es así pues todo esta unido solidariamente. Por ello en el afán por alcanzar a fantasmas Caborquianos, al llegar al punto de partida, o a algún punto antes recorrido o reseñado por el lector, este ya cambio pues nosotros cambiamos en el viaje y salto que implica una re-lectura, por ello, después de leer Dentista, y repensar el diálogo de bar, acerca de cómo el arte es parte de la historia particular, me veo forzada a volver a leer los detectives, 2666, estrella distante y temo por lo que voy a encontrar o no vuelva a leer.

Autora: Violeta Fernández Riquelme

Publicado en: La Santísima Trinidad de las cuatro Esquinas.



miércoles, 7 de enero de 2009

Estrenamos el primer número de la revista La Santísima trinidad de las cuatro esquinas.

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Estrenamos la primera edición de La Santísima Trinidad de las cuatro esquinas.

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Nos complace presentar este nuevo proyecto de Editorial y revista Cinosargo, titulado la Santísima trinidad de las cuatro esquinas, la revista es una recopilación del contenido de diciembre del espacio homónimo dedicado a la literatura chilena en todos sus géneros.

El equipo integrado por Sol E. Díaz, Daniel Rojas Pachas, Oliver Beltrán y la redactora, Violeta F pretenden proponer lecturas personales e interpretaciones impetuosas a obras canónicas e ignoradas de la lírica y prosa nacional con la periodicidad, compromiso y calidad que nos caracteriza.

Violeta Fernández Riquelme

Visite La Santísima trinidad de las cuatros Esquinas


viernes, 26 de diciembre de 2008

El sujeto inquietante y la historicidad como red en la novela testimonial carne de perro de Germán M


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El sujeto inquietante y la historicidad como red en la novela testimonial carne de perro de Germán Marín

Perpetrado por Violeta Fernández

Puede que a primera vista el nombre del artículo deslumbre o resulte pretencioso a gusto de sonar intelectual y elevar mi ego como redactora, algo de eso hay, pero hablando en serio, el asunto a tratar es más sencillo de lo que parece a priori, ya que el encabezado no hace más que recoger los dos elementos protagónicos que a mi perecer, marcan la tonada caótica, letal y delirante que Marín orquesta en esta novela corta llamada Carne de Perro que hurga de forma obsesiva en las páginas más oscuras y abismales de los años setenta en Chile.

Por un lado tenemos al sujeto irracional que actúa como un huracán de violencia indescifrable, me refiero a todos los miembros del VOP, pero en especial a Heriberto Salazar Bello uno de los tres asesinos de Pérez Zujovic y que terminó como una bomba humana inmolado en el cuartel de investigaciones de Santiago. Bajo esas condiciones que desafían las barreras de la ficción y la realidad, Salazar Bello y los otros miembros de la Vanguardia organizada del pueblo, los hermanos Rivera Calderón no pueden ser ignorados en la historia de Chile, son Erostratos sin motivación aparente, la fama no es su móvil pero el acto de violencia que les otorga la inmortalidad social los lleva a escapar del promedio y sus mezquinas historias personales aún cuando no estén consignados a cabalidad por los textos educativos. Tan sólo en las otras fuentes que nos informan del pasado dejan de ser extras. En la crónica periodística y la novela su existencia nos invita a re-interpretar los hechos desde otro foco, no el de las víctimas, héroes, estatuas y mausoleos, sino a la luz de los nihilistas, de los renegados, de los que se perfilan a juicio de la cordura estricta como agentes del caos.

Creo que esto es importante de consignar sobre todo por la referencia que en el 95 el propia Marín hace sobre esta obra debido a su re-publicación. En ese breve párrafo el autor recalca no haber modificado la versión original del 83 más que en una coma y aprovecha de citar a Foucault y Deleuze. Este último, promotor del esquizo-análisis junto a Guattari y el primero un estudioso de las implicancias del poder y la represión.

Por ello en el trabajo de interpretar el texto y no dejar fuera los epígrafes, comentarios de Marín y las dedicatorias, pues estamos ante una novela testimonial basada en hechos verídicos, es importante fijar la atención en lo que anticipa el creador del Palacio de la Risa e Idola al exponer en la primera página su ánimo por dedicar la obra a los hermanos Robledo, Ted y George. Ambos futbolistas chilenos de origen inglés con ingratos finales. Según señala el novelista, leyendo las crónicas de estos personajes conoció la vocación por el fracaso, pues el sueño de estos astros del balónpie acaba en el caso de uno con una muerte misteriosa en Oman que lo vincula a servicios de inteligencia y al otro atrapado en un patético empleo de auxiliar de colegio. Todos elementos que dan consistencia a Carne de Perro, el tiempo y las vidas, lo inquietante de los destinos y el derrotero que está a la vuelta de la esquina.

De modo que las vidas de Salazar Bello y los otros militantes del VOP, dotadas de un halo de mítico fracaso y misterio resultan ser sombrías e inquietantes fichas en el gran telón que Marín teje usando el hilo histórico, y es ese mismo hilo de su manufactura el que me interesa reseñar, puesto que estamos ante una novela que privilegia el tiempo por encima del espacio, por ello la temporalidad se eleva como aquel segundo factor a tratar. Su irrefrenable poder es tema de la obra, objeto de discusión, recurso estilístico e incluso protagonista, en la medida que estamos ante hechos reales que han sido novelados.

Bajo el escrutinio literario se presenta el tiempo pretérito de un país, continente y mundo si pensamos en la C.I.A y en que los planes de ambas partes políticas comprometidas Comunismo/ Capitalismo (esto si queremos ver la cosa en función de bloques y blanco-negro) o de todas las cabezas e intereses en juego (lo cual es más verosímil) puesto que muchos ponían la atención en este sitio ansiando o temiendo se volviese otro Cuba o Vietnam, aunque como dicen por ahí, cuando Dios y el Diablo meten la mano en la jarra de galletas no sabemos que pactos mudos realizan; el hecho es que las situaciones contingentes y verídicas han sido llevadas a otro tiempo por Marín.

Surge la temporalidad autónoma de la narrativa pero respetando la función que Cronos ejerce sobre todas las cosas, ambientes y personas no sólo de aquellas que están dentro de la obra sino también de las que se encuentran fuera junto al autor y su eventual público, que como parte de ese ejercicio incansable de eternizar y congelar un segundo con la palabra crea un mundo dialogante de fragmentos y memorias para ver si en la relectura y revisión conjunta de lo plasmado en el papel y lo vivido o conocido por otros medios, se encuentra alguna respuesta, nuevas interrogantes o siquiera un segundo de profundo abismamiento ante el encuentro de las irracionalidades y contradicciones que provoca una violencia que se apaga tan fuerte como inesperada estalla.

En fin como no pretendo desarrollar un orden tajante y taxativo o el formato exclusivo que exigen las revistas, primero hablaré del recurso más evidente, la historia como red que atrapa todo en esta crónica negra que tiene como núcleo el asesinato del demócrata cristiano Edmundo Pérez Zujovic mientras salía de su hogar con su hija rumbo al centro de estudios de la joven.

La maraña que Marín teje desde la mente de uno de los asesinos del ex vicepresidente Zujovic, Ronald Rivera Calderón (personaje verídico) nos arrincona a todos como testigos pero también como productos de los hechos de sangre. Cuarenta años después, es cosa de navegar por la web, ver las noticias o simplemente vivir en Chile y buscar o pensar en los nombres de los personajes del narrador y ver las impresiones disímiles que hay en torno a cada uno y lo que representan en esta sociedad, el mártir revolucionario o terrorista, el ministro víctima de la insensatez o represivo tirano amparado por la ley, los partidos y coaliciones, los que los suceden y sobreviven disputando el poder, todos son lugares comunes que alimentan los matices de un debate que va creciendo y se tiñe de odio, resentimiento, fanatismo y por allí también con algo de tolerancia y entendimiento y discursos políticamente correctos en busca de la tan preciada reconciliación. El color del tamiz es enorme e inidentificable, se presenta con todas las gamas que se puedan imaginar en este país que aún vive celebrando ambiguamente sus guerras civiles, derrotas o levantando por votaciones masivas y televisadas a personajes grandiosos de su historia mientras a otros los tapa en provecho de la opinión pública o para no levantar nuevas crisis y resquemores aún cuando, los discursos y recursos políticos de antaño se mantienen en ejecución.

De manera que sujetos y objetos en este libro y su creador así como receptores directos, los que no pueden escapar a los estragos de esta novela, los chilenos, están atravesados por el devenir como un germen corrosivo. Cada elemento expuesto no puede escapar como dijo Joyce en Retrato del artista adolescente, “a la pesadilla que constituye la historia”, no hay azar en que Marín incluya ese fragmento como otro de los epígrafes. Momentos clave y fechas el 71, el 73, el 69 y todos las circunstancias que se desatarían en esos fatídicos y decisivos años se asoman como una presencia infranqueable, una mirada fantasmal o un terror en potencia, el Estadio Nacional por ejemplo aún no revela su nexo con el terror, al convertirse en centro de detención, pero su paso subrepticio por las páginas comunica eventos que el tiempo cosechará, son una invitación a historias paralelas y abiertas para el lector tan llamativas como los explícitos asesinatos, masacres, protestas y golpes de estado que si se nombran o detallan. Los asaltos a bancos a retenes y armerías no son la excepción así como las armas, recuentos periodísticos que dan cuenta de los atracos y la historia que puede tener una Karl Gustav o Luger, ¿a quién mató?, ¿de quién fue? y ¿cómo murió el anterior dueño?, ¿era un carabinero o un comerciante?, lo mismo ocurre con los autos sustraídos para el atraco, para la emboscada, y los partidos políticos que se suceden, las figuras nacionales, Pinochet, Allende, Clotario Blest y los revolucionarios convertidos por los medios de prensa como el Mercurio en satánicas figuras de izquierda, y por las otras facciones, principalmente en panfletos o proclamas, erigidos como verdaderos patriotas que dieron un cierre o respuesta a irracionales medidas como la de Puerto Montt en Pampa Irigoin, una de las causas que motivó el asesinato del que fuese ministro del interior de Eduardo Frei Montalva.

Las otras causas sólo se infieren son parte de la cruzada extrema del VOP o la mano negra de los Panameños que entrenan a los guerrilleros nacionales como amigos, cuando en la mente de algunos, el viejo Heriberto Salazar Bello por ejemplo más que ver universitarios comprometidos con la lucha de clases reconoce agentes encubiertos de los servicios de inteligencia norteamericanos llamados a encender la mecha que acabaría con el gobierno de Allende y su revolución con sabor a chicha y empanada.

Todos los detalles entonces son para Marín caminos rizomáticos a muchas otras tramas, y tan complejo hilado no se le va de las manos al autor, el adrede deja esas puntadas sueltas, pues cada una de ellas es un recorrido alternativo como cada ser en la historia, como cada objeto en cada lugar de este universo, todo comunica, todo tiene su momento y papel. Por eso se puede afirmar que Marín en sus páginas procede con la misma actitud ociosa y febril que en la página cuarenta el narrador heterodiegético denuncia con respecto a la prensa nacional al referirse al destino de la otra voz del texto, el protagonista Ronald Rivera Calderón y la suerte que correrá en el recuerdo su cruzada kamikaze.

Transcribo textual “no le importaba que su muerte fuera un salto al vacío que mañana no recordaría nadie. Ni siquiera el cronista mas ocioso de lo años setenta”

Marín es ese cronista empeñado en recorrer a tranco largo la vida y espacios temporales que vieron deambular a estos seres con una vocación increíble por el fracaso, por utopías que ni ellos mismos entienden en su plenitud pues a ratos se saben criminales y luego figuras mesiánicas llamadas a la revolución, luego insensatos títeres de sus ex camaradas, o quizá trasnochados fanáticos de una lucha que parece haberlos dejado atrás por ser demasiado extremistas. El VOP integrado por los hermanos Rivera Calderón y Heriberto Salazar Bello se dibuja como una facción fundamentalista que defiende a ultranza la revolución armada y la violencia como motivo del cambio. Desconfiados del curso de los eventos y la pasividad de quienes de pronto se aburguesan o lucran con el gobierno de Allende, los hermanos y el viejo Salazar unido a estos más que por ideología por sostener una vía para mantenerse activo y en el delirio de la sangre, guiado por sus propios métodos y convicciones que recuerdan a esos jóvenes nihilistas de Dostoievski, se mantienen en pie de guerra y dan un vuelco a la canción de Jara “Preguntas por Puerto Montt” cerrando el capítulo Zujovic al mezclar la sangre de este con el olor a plomo, aceite quemado y perfume francés, para iniciar un vertiginoso descenso en picada sin paracaídas.

En el arrastran a sus parejas, sus hijos en gestación, a sus camaradas, a sus familias, y al resto del país. Estos tres sujetos inquietantes, contradictorios, afanados, se nos revelan gracias a la pluma de Marín y su trabajo de reconstrucción de un crimen que acaba en un callejón sin salida, tal como lo anticiparan los propios revolucionarios, en el retrato de un domingo frío de la capital, día común y corriente, asumido en su rutina por la mayoría, pero decisivo para estos y los militares que rodean al comando de la Vanguardia Organizada del Pueblo (VOP) en su hogar fachada. La voz que poética y alucinada nos guía pertenece al ya mentado Ronald Rivera, personaje que la historia recuerda como un provocador violento que ya había sido expulsado, sucesivamente, del Partido Comunista, del Partido Socialista y del Movimiento de Izquierda Revolucionaria. Este reposa sobre el tejado de zinc por segundos aletargado, inspirado por los pasajes más recónditos de su devenir personal y del país, y de pronto en el otro extremo de su personalidad, adrenalínico con su Luger en la mano orinando en dirección de los militares mientras invoca a la muerte.

Marín despliega en este título vertiginoso una serie de recursos narrativos, estilos de narración, fluir de la conciencia, flashbacks, pausas, voces cruzadas, diversos géneros, digresiones y metatextos, para crear una atmosfera de suma tensión y asfixia que alcanza su punto más alto en la resolución que toma el único sobreviviente de los tres atacantes de Zujovic, la violencia llega al absurdo y convicción total en el acto de Salazar Bello que para vengar a sus compañeros tras realizar su rutina de cinéfilo incansable se lanza al Cuartel de Investigaciones de General Mackenna convertido en una bomba humana mientras acribilla a algunos oficiales con dos metralletas para terminar la seguidilla de muerte y sin razón con una autoinmolación que deja solo una dentadura colgada de un árbol y un botón de su larga y característica chaqueta que también tiene una historia digna de ser contada. Aunque siempre habrá una oportunidad para ello.

En conclusión, Marín consigue poner en conjunción los medios menos panfletarios y más literarios para contar una historia que en boca de otros puede lucir gastada, pero que él autor de Las cien águilas con originalidad compone para revisitar el álgido momento de una nación vinculando su pasión de coleccionista de recuerdos y su genio poético.


Autora: Violeta Fernández.

Original de: La Santísima Trinidad de las cuatro esquinas.