domingo, 21 de febrero de 2010

CIRUGÍA PSÍQUICA DE EXTIRPACIÓN

macedonioffff.jpg


Macedonio Fernández


Hasta hace muy poco tiempo Macedonio Fernández (1874–1952) era una leyenda de contornos imprecisos. Ci­tado en más de una ocasión por Borges como maestro verbal, la escasa obra publicada en vida (No todo es vigilia la de los ojos abiertos, 1928; Papeles de Reciénvenido, 1929; y Una novela que comienza, 1941) fomentaba ese fenómeno. La aparición de un par de recopilaciones de difusión masiva en la década del 60, y sobre todo de algunos de sus volúmenes de sus Obras completas han ido permi­tiendo elaborar una imagen más justa y concreta, que lo coloca junto a autores como Roberto Arlt, Juan L. Ortiz o Jorge Luis Borges dentro de un campo fundamental para comprender no sólo la literatura sino también la cultura argentina. Su seudonovela Museo de la novela de la Eterna (1967) transforma en tímidos ensayos formales a muchos de los ejemplos más experimentales del boom latinoameri­cano. En su mayor parte su obra es un mar de corrientes opuestas, de zonas obscuras, de textos que están a medio camino del ensayo, el cuento o la miscelánea, y que brindan una sensación permanente de goce, de humor, de sabiduría y de cortesía por el lector. Es de destacar que sus textos más "terminados" y por lo tanto tal vez menos macedóni­cos, son justamente los que más se acercan a la literatura fantástica. Aparte del que incluimos pueden citarse "El zapallo que se hizo Cosmos", "Tantalia", "Donde Solanos Reyes era un vencido y sufría dos derrotas cada día", "Un paciente en disminución ".

CIRUGÍA PSÍQUICA DE EXTIRPACIÓN


Se ve a un hombre haciendo su vida cotidiana de la ma­ñana en un recinto cerrado. Es el herrero Cósimo Schmitz, aquél a quien en célebre sesión quirúrgica ante inmenso público le fue extirpado el sentimiento de futuridad, deján­dosele prudencialmente, es cierto (como se hace ahora en la extirpación de las amígdalas, luego de reiteradamente obser­vada la nocividad de la extirpación total), un resto de per­ceptividad del futuro para una anticipación de ocho minu­tos. Ocho minutos marcan el alcance máximo de previsibilidad, de su miedo o esperanza de los acontecimientos. Ocho minutos antes de que se desencadene el ciclón percibe el significado de los fenómenos de la atmósfera que lo anuncian, pues aunque posea la percepción externa e inter­na carece del sentido del futuro, es decir de la correlación de los hechos: siente pero no prevé.

Y contémplasele, con agrado, levantarse, lavarse, preparar el mate; luego se distrae con un diario, más tarde se sirve el desayuno, arregla una cortina, endereza una llave, escucha un momento la radio, lee unos apuntes en un libreta, altera ciertas disposiciones dentro de su habitación, escribe algo, alimenta a un pájaro, quédase un momento aparentemente adormilado en un sillón; luego arregla su cama y la tiende; llega el mediodía, ha terminado su mañana.

Sacuden fuertemente su puerta, la abren con ruido de fuertes llaves, y aparecénsele tres carceleros o guardias y que se apoderan violentamente de él, pero sin resistencia1. (Com­prenderéis que la mañana cotidiana que estaba pasando transcurre en un calabozo.) Se queda muy asombrado y si­gue donde ellos lo llevan; pero al punto de entrar en un gran salón se presenta en su espíritu la representación detallada de una sala con jueces, un sacerdote, un médico y parientes, y a un costado la gran máquina de electrocución. En ese lapso de los ocho minutos de futuro previsible, recuerda y prevé que se le había notificado la sentencia de muerte el día antes y que aquella máquina lo esperaba para ajusti­ciarlo.

Recuerda también que un tiempo antes, cierta tarde recurrió a un famoso profesor de psicología para que le extirpara el recuerdo de ciertos actos y más que todo el pensamiento de las consecuencias previsibles de esos actos; había asesinado a su familia y quería olvidar el posible castigo. ¿Qué ganaría con huir, si el temor lo turba­ba incesantemente? Y el famoso especialista no había logrado producir el olvido, pero sí reducir el futuro a un casi presente. Y Cósimo andaba por el mundo sin sentido de la esperanza, pero también sin sentido del temor.

El futuro no vive, no existe para Cósimo Schmitz, el herrero, no le da alegría ni temor. El pasado, ausente el futuro, también palidece, porque la memoria apenas sirve; pero qué intenso, total, eterno el presente, no dis­traído en visiones ni imágenes de lo que ha de venir, ni en el pensamiento de que en seguida todo habrá pasado.

Vivacidad, colorido, fuerza, delicia, exaltación de cada segundo de un presente en que está excluida toda mezcla así de recuerdos como de previsión; presente deslumbrador cuyos minutos valen por horas. En verdad no hay humano, salvo en los primeros meses de la infancia, que tenga no­ción remota de lo que es un presente sin memoria ni previ­sión; ni el amor ni la pasión, ni el viaje, ni la maravilla asumen la intensidad del tropel sensual de la infinita simul­taneidad de estados del privilegiado del presente, prototípica, sin recuerdos ni presentimientos, sin sus inhibiciones o exhortaciones. Esta compensación es lo que alegaba, en explicaciones que nos dio, el famoso profesor; para superar a las desventajas que resultaban de su operación. Es así que Cósimo vivía en el embelesamiento constante, total y continuo, y se compadecía del apagado vivir y gustar lo actual de las gentes.

Conmueve verlo en el embebecimiento de cada matiz del día o la luna, en el deslumbre de cada instante del deseo, de la contemplación. Es el adorador, el amante del mundo. Tan todo es su instante que nada se altera, todo es eterno, y la cosa más incolora es infinita en sugestión y profundidad.

Todo tenso y a la vez transparente, porque mira cada árbol y cada sombra con todas las luces de su alma; sin cuidados, sin distracción. La palabra se retrasa; rige la inefabilidad de lo que se agolpa y renueva irretenible.

1 Lo que hace los cuentos son las y. Los cuentos simples de apre­tado narrar eran buenos. Pero arruinó el género la invención de que había un "saber contar". Se decidió que quien sabía contar era un tal Maupassant. Y desapareció el perfecto cuento de antes; y el invo­cado Maupassant contaba como antes, ¡bien!

A mí, que lo cuento, me enternece contemplar el dulce y menudo vivir la mañana del pobre Cósimo Schmitz, un automatista de la dicha sorbo a sorbo, un cenestésico.

Sien­to que las cosas haya sucedido así; como psicólogo psico­lógico, no psicofisiológico, concibo perfectamente obtener el mismo resultado, sea de desmemoria, sea de desprevisión, sin necesidad de la aparatosa, biológicamente cara, extirpa­ción quirúrgica, que, como toda intervención química, clí­nica, dietética o climática en los gustos y espontaneidades con que nacemos, es una universal ruinosa ilusión. Para no prever, hasta desmemoriarse, y para desmemoriarse del todo basta suspender todo pensamiento sobre lo pasado.

Así, pues, querido lector, si este cuento no te gusta, ya sabes cómo olvidarlo. ¿Quizá no lo sabías y sin saberlo no hubieras podido olvidarlo nunca?

Ya ves que éste es un cuento con mucho lector, pero también con mucho autor, pues que os facilita olvidar sus invenciones.

Extinguida pues su disponibilidad conciencial de previ­sión para ocho minutos, percibe la actualidad de que están atándolo a la máquina, pero no prevé el minuto siguiente en que será fulminado. El ritmo conciencial de las actitudes de previdencia es turnante o cíclico, no es continuo (apar­te de que por el abandono deliberado del ejercicio de prever cada vez vive más en presente total, cada vez existe menos el instante que viene), y fuera de que tampoco es continuo en una conciencia que no ha sufrido la técnica de ablación conciencial hoy ya tan en uso y con tanto éxito del doctor Desfuturante. (Seudónimo del bien conocido médico Extirpio Temporalis; en que también se oculta, pues su verda­dero nombre es Excisio Aporvenius, que tampoco es defi­nitivo porque el verdaderamente verdadero de sus nombres es el de Pedro Gutiérrez. Denuncio, por lo demás, y a pesar de lo encantador de la acción de este cirujano, que se apro­pia de todos los porvenires que extirpe, con lo que ocurrirá que ningún contemporáneo tendrá el gusto de asistir a sus funerales.)2

Informo de paso –dato útil para el lector– que el Doctor Desfuturante tiene una esperanza de perfeccionar la operatividad psicoextirpativa del gran capítulo de la nueva Cirugía Conciencial, extendiéndola a la extirpación de pa­sado. Cuando esto se cumpla y lo aprovechen todos los que quisieren no haber vivido jamás ciertos hechos, quizá un buen cuento –ojalá éste lo fuera, ojalá lo eligierais–sería suficiente recreo para olvidarlo todo a lo largo de la vida. El lector desfuturado y también desanteriorizado viviría así a cada momento en el volver a leer mi cuento, me sería deu­dor del privilegio dignificante de ser persona de vivir de un solo cuento.

Dejo la pluma al lector para que escriba para sí lo que yo no sabré describir: la locura, el espanto, el desmayo, el estrujarse por el desasimiento mientras es arrastrado, el ho­rror de ser sentado en aquella silla y maniatado; y en ese rostro, en su semblante, la aparición de una aurora de felici­dad, de paz, por haberse agotado los ocho minutos de per­cepción de futuridad: dos minutos antes de expirar ajusti­ciado cesa su representación.

2 ¿Es artístico aprovechar este momento, como todo el que se pres­te, para insertar cuanta comparación o analogía acuda a la mente, por ejemplo que el doctor hacía en este caso lo que el sastre con el cliente que se va con la ropa nueva puesta y tira la vieja? Porque pa­ra la literatura de todos los tiempos la comparación tiene un uso tan frecuente que se podría decir, en lugar de "está escribiendo": "está comparando".

(Como el terror vive de lo que va a suceder, agotado el turno de ocho minutos de previ­sión, se queda sonriente, tranquilo, sentado en la silla eléc­trica, y en ese estado es fulminado. Porque como acaso no lo hemos dicho y lo requiere urgentemente la composición inventiva de esta narrativa, la impulsión previdente de ocho minutos era seguida de una pausa de otros tantos minutos de absoluto reino del presente; es así que la víctima de la máquina de electrocución, y nuestra víctima también, pere­ció con la más plácida de las sonrisas.)

¿Será el lector el Poe que yo no alcanzo a ser en este trance espantador, seguido de beatitud? (¿Y es artístico describir con palabras y gesticulaciones en textos literarios?)

Está muerto ahora sin haber experimentado el tormento agónico, sin ninguna pena, sin ningún esfuerzo de evasión, como si fuera a comenzar una mañana cotidiana de su eter­nidad de presente.

Yace Cósimo Schmitz muerto, y quince días después el Tribunal hace la declaración rehabilitante siguiente:

"Un conjunto de fatalidades sutilísimas que ha obnubi­lado la mente de este tribunal lo ha incurso en un fatal error sumamente lacerante. El infeliz Cósimo Schmitz era un es­píritu inquietísimo y afanoso de probar toda novedad me­cánica, química, terapéutica, psicológica que se da en el mundo; y así fue que un día se hizo tratar, hace quince años, por el aventurero y un tiempo celebrado sabio Jonatan Demetrius, que sin embargo de su cinismo efectivamen­te había hecho un gran descubrimiento en histología y fi­siología cerebral y lograba realmente por una operación de su creación, cambiar el pasado de las personas que estuvie­ran desconformes con el propio.3

"A su consultorio cayó el ávido de novedades Cósimo Schmitz, infeliz; protestó de su pasado vacío y rogó a Demetrius que le diera un pasado dé filibustero de lo más au­daz y siniestro, pues durante cuarenta años se había levanta­do todos los días a la misma hora en la misma casa, hecho todos los días lo mismo y acostádose todas las noches a igual hora, por lo que estaba enfermo de monotonía total del pasado.

3 Con perdón del Tribunal aporto esta pregunta de colaboración científica: ¿trasplantándoles tejidos corticales de individuos ale­gres? Tal técnica sería muy eficaz, pero por ciertos rasgos se ha prohibido destapar simultáneamente cierto número de cráneos, pues en la precipitada adjudicación de nuevas conciencias podría haber equivocaciones –como ha ocurrido– y que a quien no qui­siera tener futuro le trasplantaran uno de un siglo.

En fin, podría citar a Ramón y Cajal, pero con Ramón y Cajal no basta; hay muchos otros autores y cansaría mucho al lector, aparte de que no me gusta mucho que en unas pocas páginas el lector termine sabiendo más que yo.

El respetable Tribunal me observa que mal puedo controvertir el orden o idoneidad de sus considerandos, cuando yo presento la más enrevesada serie narrativa y digo lo primero al último y lo últi­mo al principio. Admito; ¿pero no se advierte que la técnica de na­rrar a tiempo contrario, cambiando el orden de las piezas de tiempo que configuran mi relato, despertará en el lector una lúcida confu­sión, diremos, que lo sensibilizará extraordinariamente para simpa­tizar y sentir en el enrevesado tramo de existencia de Cósimo? Se­ría un fracaso que el lector leyera claramente cuando mi intento artístico va a que el lector se contagie de un estado de confusión.

"Desde allí salió operado con la conciencia añadida, in­tercalada a sus vaguedades de recuerdo, de haber sido el asesino de toda su familia, lo que lo divirtió mucho duran­te algunos años pero después se le tornó atormentador. Cumple al tribunal en este punto manifestar que la familia de Cósimo Schmitz existe, sana, íntegra, pero que huyó co­lectivamente atemorizada por ciertas señas de vesania en Schmitz, ocurriendo esto en una lejana llanura de Alaska; de allí provino a este tribunal la información de un asesi­nato múltiple que no existió jamás.

"Confiesa, pues, el Tribunal, que si Cósimo Schmitz fue un total equivocado en sus aventuras quirúrgicas, más lo ha sido el tribunal en la investigación y sentencia del terrible e inexistente delito que él confesaba."

Pobre Cósimo Schmitz, pobre el Tribunal de Alta Caledonia.

Vivir en recuerdo lo que no se vivió nunca en emoción ni en visión; tener un pasado que no fue un presente4. Oh! aquel día, entre pavor y delicia con qué pulso apretó el ar­ma. ¡Toda su familia!

Hasta los cuarenta años, un pasado, ahora otro, la memoria de otro ser bajo las mismas formas del cuerpo. Quizá más tarde, tampoco este presente habrá sido nunca suyo.

Tendrá, con un nuevo toque en su mente ya dócil, otra fragilidad de haber sido; un héroe, un quími­co; moverá los brazos de cuando exploraba el Sudán o Samoa.

Jonatan Demetrius, enamorado de toda felicidad, plás­tico de las dichas, de dar recuerdos amorosos a los que fueron presentes de lágrima, con suave ciencia y dulce ter­nura se ingeniaba en la adivinación de cada alma.

–¿Qué es lo que usted desea? –Y leíale a Cósimo las páginas más terribles del filibustero Drake, de Morgan, o del amante de la Recamier.

–Yo preferiría haber sido...

–Lo será.

Pobre Cósimo Schmitz; ¿no habrá una tercera cirugía, después de dos tan siniestras, que lo resucite? Ah, no –ex­clama la Terapéutica– nuestro oficio es de infalibilidad, no nos incumbe disimular las fallas de los tribunales de justicia.

Como no se ha encontrado hasta ahora en las más pa­cientes investigaciones que hubiera algún remedio que con toda seguridad fuera más benéfico que destructor, es el ca­so de moralizar en este momento de este cuento acerca de la inevitable debilidad de las ingeniosidades humanas con el ejemplo de los deslum-

4 Estamos bastante descorteses en este retomar la pluma des­pués de habérsela pasado al lector. El mundo no tiene al lector de un solo cuento; inmensa dignidad; pero tampoco al mágico autor de un cuento de solo de él vivir. Yo lejos de soñarme, y menos con la mues­tra de éste, investido de la dignidad máxima de autor de aquel cuen­to único, he aspirado modestamente sí a vivir de un solo cuento; quizá no lo he logrado. Desprendido ahora ante el lector de toda vanidad en este encantador aspecto, admito que por momento he creí­do advertir en este escrito mío algo muy parecido a cuento dejado de contar. Pero me decide a publicarlo, no obstante, su alto valor científico. Además, no confunda, lector, cuento dejado de contar con lo que resulta de un no seguido contar.

Tristes tú y yo, Lector; si tuviste de mí el cuento de vivir solo de él ni tuve yo la Fortuna Única de vivir de solo uno de otro.

bradores procedimientos del gran científico Doctor Desnaturante, en cuya aplicación, como se ve, la conveniencia de eximirnos de todo género de temo­res vagos remotos y agitantes esperanzas remotas, tiene el inconveniente de la turnación de pausa tras esos ocho minu­tos de previdencia, ante los cuales, suspensa toda previsibilidad, el paciente tratado no prevé ni siquiera que el tren que viene a diez metros de él por la vía en que camina lo matará en tres segundos.5

Al lector le toca, ahora que yo he cumplido con todo, cumplir con su deber; debe hacer como que cree.6

5 Porque hay apendicectomías que propenden a graves acciden­tes, la extirpación de las amígdalas predispone a la poliomielitis, los auges de las dosis masivas, la insulina, el iodo, engruesan las cifras de la mortalidad, y de toda la intervención quirúrgica queda pendiente por obra de los analgésicos que desoxigenan la sangre numerosas muertes repentinas por embolias. Las estadísticas inglesas demues­tran que ocurren allí más muertes por la vacunación que por la vi­ruela; tenemos también la bancarrota del suero Behring y quizá la del suero antirrábico. Parece, lector, que a compás de la lectura nos estamos instruyen­do bastante. Pero a usted al agradecerlo se reservará pensar que la instrucción es buena, pero la digresión es mala, lamentable defectillo de tan nutrida información. Yo no veo por qué una digresión, aun en un cuento y aun científica, está mal después de los nove­lones habituales, en que se llenan capítulos con historia literaria, crítica pictórica, análisis de sinfonías, salvaciones sociológicas. (To­do esto, entre descripciones de mobiliarios y la Naturaleza más próxima.) Más difícil es entender que un opositor a digresiones con­verse animadamente, mientras come, con amigos en la familia, o no pase un instante ni haga cosa alguna durante el día o la noche que no la haga acompañar con el conventillo fonético de la radio. Yo he dado aquí un cuento total, la juventud y muerte de un hombre. ¡Y qué juventud y qué muerte! Lo demás puede el fector considerarlo como la radio, algo intersticial a su lectura de cuento. El cuento y la radio va todo en el texto y os libráis de los avisos. Así como en las óperas –que es lo interminable por naturaleza– hay lo más interminable de ellas que es su final y que funciona como el aplauso que la ópera se prodiga a sí misma, de modo que el aplau­so del público parece un servilismo al éxito ya aplaudido –aunque la comparación es de muy poca analogía–, yo lo que quiero es seguri­dad, acertar con algo (pues lo que menos poseo es la seguridad de autor de ópera), sea con el cuento, sea con las digresiones. Yo no me aplaudo, pero desarmo las toses del tedio. He prolongado esta digresión para disimular que estaba tratando de encontrar dónde habíamos dejado el cuento. Reanudando, es de anotar que el pobre Cósimo, que había escapado a todos los de­satinos y percances que acabo de enunciar, vino a caer al abrasa­miento eléctrico sin que podamos tener el gusto de quejarnos en ab­soluto de la terapéutica, sino totalmente de la culpa suya. Insisto en mi consejo: no aceptes lector sino los tratamientos que dejan sanar; y no salgas a provocar a la Cirugía, que no se hará rogar; guárdate una memoria y un apéndice que te acompañen durante es­tés en esta vida.

6 Ya dije que lo único que no me he propuesto es el "saber con­tar"; el "bien contar" que se descubrió en tiempos de Maupassant, después de quien ya nadie narró bien, es una farsa a la cual el lector hace la "farsa de creer". Fatuo academismo es creer en el Cuento; fuera de los niños nadie cree. El tema o problema sí interesa. No hay éxito para la tentativa ilusoria y subalterna del hacer creer, para lo cual se pretende que hay un saber contar. Mi sistema de interponer notas al pie de página, de digresiones y paréntesis, es una aplicación concienzuda de la teoría que tengo de que el cuento (como la música) escuchado con desatención se graba más. Y yo hago como he visto hacer en familias burguesas cuando alguna persona se sienta al piano y dice a los concurrentes, por una norma social repetidamente observada, que si no prosiguen conver­sando mientras toca suspenderá la ejecución. En suma: hace una cor­tesía a que ella misma invita. Hago lo mismo con estas digresiones, desviaciones, notas marginales, paréntesis a los paréntesis y alguna incoherencia quizá, pero la continuidad de la narrativa la salvo con el uso sistemático de frecuentes y, y confieso que lo único que me sería penoso que no me aplaudan es este sistema que propongo y cumplo acá. Es imposible tomar en serio un cuento, me parece in­fantil el género, pero no por eso resulta que éste sea burla de cuento, porque mi sistema digresivo ya lo dejo defendido y la continuidad y apretado narrar me preocupo hacerlos lucir mediante las y. Las y y los ya hacen narrativa a cualquier sucesión de palabras, todo lo hilvanan y "precipitan". Entre tanto, sin decirlo, me estoy declarando escritor para el lector salteado, pues mientras otros es­critores tienen verdadero afán por ser leídos atentamente, yo en cambio escribo desatentamente, no por desinterés, sino porque ex­ploto la idiosincrasia que creo haber descubierto en la psique de oyente o leyente, que tiene el efecto de grabar más las melodías o los caracteres o sucesos, con tal que unas y otros sean intensos, difi­cultando al oidor o lector la audición o lectura seguidas.